La gran Reunión Americana, también conocida como Logia de los Caballeros Racionales, fue fundada por el caudillo venezolano Francisco de Miranda en el año 1797 en Londres. El apelativo de Logia Lautarina o Logia de Lautaro se debe a los relatos que contó Bernardo O’Higgins a Miranda sobre las hazañas en contra de la dominación española del héroe mapuche Lautaro, quien en 1546 se dejó capturar por las fuerzas conquistadoras de Pedro de Valdivia, para así ganarse la confianza de los invasores y aprender de sus fortalezas y debilidades, lo que luego usó para iniciar una guerra contra el avance hispano. Miranda y O’Higgins educaron a los “hermanos lautaristas” en la idea de que ellos también debían convertirse en “enemigos internos, supuestamente aliados” para sus adversarios. El objetivo fundamental de esta logia era lograr la independencia de América, estableciendo un sistema republicano unitario y un gobierno confederado. Se habló incluso de una monarquía criolla, idea que defendió hasta su muerte el hermano José de San Martín.
Aunque nació y se desarrolló principalmente
en Argentina, su influencia se extendió por otros países sudamericanos como
Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela y Uruguay. Dado su carácter de
organización secreta, ayudó a coordinar y establecer contactos entre muchos de
los líderes de la independencia hispanoamericana, como Bernardo O’Higgins,
Simón Bolívar, Andrés Bello, Antonio Sucre, José de San Martín y otros tantos,
incluso algunos que traicionaron y fueron traicionados por la organización,
como es el caso del chileno José Miguel Carrera, por lejos la figura más
trágica relacionada con la historia de esta conspiración.
De acuerdo a lo que sostiene el
historiador chileno Jaime Eyzaguirre (1908-1968) en la introducción a su ensayo
La Logia Lautarina y otros estudios sobre
la independencia, “en la formación y estímulo del proceso de la
independencia hispanoamericana jugó un papel importante una sociedad secreta,
conocida con el nombre de Logia Lautarina, que se ramificó en diversos sitios
del continente y que después de la batalla de Chacabuco, el 12 de febrero de
1817, tuvo por varios años un papel decisivo en la política chilena y
argentina”. Sostiene Eyzaguirre que sobre el origen de la logia abundan más las
conjeturas que los documentos realmente comprobados. Sin embargo, hay más o
menos consenso entre los historiadores —y estudiosos- en apuntar que este grupo
secreto emerge de una logia masónica instituida en Londres por el venezolano
Francisco de Miranda y esparcida luego a España y a las colonias de América del
Sur.
¿Pero puede hablarse de ellos
como reales exponentes de la masonería? El historiador español y experto en
sectas y grupos religiosos, Manuel Prado, es contrario a la idea. “Creo que la
relación más directa entre esta logia y la masonería se da en la figura del
primer presidente de Chile, don Manuel Blanco Encalada, quien fue miembro del
grupo y luego fundó la masonería chilena en 1827. Por otra parte, debe tomarse
en cuenta que muchos miembros de la Lautarina eran fervientes católicos, como
el sacerdote José Cortés Madariaga, algo imposible de imaginar dentro de una
sociedad de masones”.
Pero indudablemente la Logia
Lautarina compartía elementos con la masonería, sobre todo en cuanto a su
carácter iniciático y secreto. Bernardo O’Higgins usaba en su correspondencia
cierto lenguaje fácil de identificar como masón: referencias l Gran Hacedor, al
Gran Dispensador de los Favores, al Señor de la Luz, a la Estrella Solitaria,
al género humano como La Obra, etc. Por supuesto este tipo de sustantivos y
adjetivos eran bastante comunes en el siglo XVIII que, después de la
Ilustración, trataba de alejarse lo más posible de ideas y preceptos vinculados
con la religión, especialmente del catolicismo.
A propósito de Bernardo
O’Higgins, no debe olvidarse que el prócer tuvo una fuerte influencia tanto
religiosa como filosófica en su formación educacional. Para él fue
especialmente importante la Carta de la tolerancia de John Locke, que sumada a
la influencia de Miranda hicieron del hijo del Virrey del Perú un humanista con
ideas muy ilustradas, más de lo que muchos piensan. En el aspecto religioso,
por ejemplo, tenía una visión
extremadamente racional, inclinada hacia la teología natural en lugar de la
teología sagrada, es decir, hacia probar y demostrar la existencia de Dios más
por el criterio de la razón humana que por la fe.
No obstante, no es menor el dato
del desprecio que O’Higgins sentía de niño hacia las autoridades eclesiásticas
que por años lo trataron como un ciudadano de segunda clase, ultrajando su
origen como hijo de una madre soltera y primogénito no reconocido del virrey
del Perú. Sabía el futuro padre de la patria de Chile que el apelativo “huacho”
se había originado en los pasillos de parroquias, conventos y escuelas, amparados
por la Iglesia Católica, y de ahí se había difundido entre sus iguales, primero
y enemigos políticos después. Aunque jamás habló de venganza hacia los curas,
era bien sabido entre sus pares el deseo de O’Higgins de bajarle los humos a
los portadores de sotanas. Fue precisamente su mentor, Francisco de Miranda,
quien le enseñó que lo mejor no era un ataque directo, sino usar su propio
dogma y tradiciones para espolonear donde más les doliera a los obispos, “como
Lautaro con Pedro de Valdivia”, le habría recordado. El dato de que a su
muerte, como se piensa, un acto de humildad y acercamiento a la fe cristiana,
sino una derecha burla hacia esa orden católica, la misma que lo educó,
despreció y burló de niño en su natal Chillán.
A la hora de buscar antecedentes
de la Logia Lautarina en Chile y Argentina, ha de retrocederse a 1811. Ese año
los hermanos Carrera, que habían regresado de España, se tomaron el poder en
Santiago. José Miguel ocupó el cargo de Director Supremo de Chile, iniciando la
formación del ejército patriota. Instaló además el alumbrado público, compró
una imprenta y publicó La Aurora de Chile, el primer periódico del continente.
Todo como parte de un plan de manipulación de masas ideado por su amigo fray
Camilo Henríquez, un intelectual carolino que además era hermano lautarino y
quien fuera responsable de iniciar a José Miguel en este grupo, por
instrucciones del propio Francisco de Miranda, con quien mantenía una constante
correspondencia. El propio Bernardo O’Higgins abogó para que Carrera fuera
aceptado en la logia, sin imaginar lo que ello acarrearía. Este primer gobierno
instauró además la primera bandera chilena y comenzó la planificación de un
nuevo Congreso.
Pero a poco andar el régimen,
José Miguel Carrera dejó de ser un hermano activo dentro de la Lautarina,
nombrando a los componentes de su gobierno sin consultar a la logia y sin
hacerla partícipe. Mucho molestó a Miranda que en lugar de Camilo Henríquez
fuera Manuel Rodríguez —amigo de infancia de los Carrera- convocado como secretario
de Gobierno, y que se le diera activa participación como ideóloga a Javiera, la
hermana del clan, ya que era sabido que uno de los preceptos más
inquebrantables de la Lautarina era la negación a que mujeres participaran en
asuntos relacionados con sus intereses. Esto fue visto como una traición por
José de San Martín, quien convocó a su "hermano" Bernardo O'Higgins
—miembro fundador de la logia y quien en 1811 participaba en el gobierno como
congresista representante de la ciudad de Concepción- a que derrocara el
gobierno.
Obediente a sus maestros y
camaradas, en agosto de 1814, O'Higgins formó un ejército privado y avanzó
desde Concepción hacia Santiago. Quiso la casualidad que esto sucediera al
mismo tiempo en que desembarcaron en Valparaíso y Coquimbo tropas realistas
enviadas para reconquistar Chile. Carrera le hizo ver a O'Higgins que debían
unirse para atacar a los españoles. Sin embargo, O'Higgins solo deseaba ocupar
la dirección del país y que Carrera dejara el mando de las fuerzas armadas.
Finalmente se produjo el choque
entre ambos caudillos, al tiempo que los españoles alcanzaban a las tropas de
O'Higgins y las atacaban.
Al ver esto, el hijo del virrey
se unió a Carrera, compartiendo el mando del ejército. Las fuerzas chilenas
estaban compuestas por mil trescientos soldados, aunque solo algunos eran
profesionales, en tanto que las españolas estaban formadas por más de cinco
mil, todos aguerridos. Es lo que se conoce en la historia de Chile como el
Desastre de Rancagua, sucedido el 2 de octubre de 1814 y que termina con el
gobierno de Carrera, iniciando así el proceso político bautizado como
Reconquista española. Es también uno de los instantes más controvertidos en la
carrera militar de O'Higgins, cuando en medio de la batalla y al ver que sus tropas
estaban perdidas, reúne a sus oficiales y realiza una “carga” que fue en realidad
una manera de escapar con la frente en alto. El dejar a sus hombres en medio de
una carnicería seria el precio que el hijo del virrey, a pesar del apoyo
incondicional de la Logia Lautarina, jamás lograría saldar.
Lo que quedaba de las tropas
chilenas debió huir a Mendoza. El primero en llegar fue O'Higgins, quien de
inmediato fue acogido por José de San Martín, quien de inmediato lo nombró
segundo al mando. Dos meses después arribó José Miguel Carrera, a quien de
golpe se le quitó el mando del ejército chileno, se le dejó reconocer como
Director Supremo y se le encarceló por cargos de desobediencia, todo por orden
de los miembros de la logia.
Para nadie es un secreto que la francmasonería alcanzó un gran desarrollo en las clases
altas y cultas de la Europa del siglo XVIII. Aunque hay indicios de su
existencia en Inglaterra desde al menos un par de siglos antes, su orientación
definitiva data de 1717, año que coincide con la fundación de la capital
británica de una gran logia que recibió los principios racionalistas en boga,
contrarios, en su mayoría, a las religiones positivistas, particularmente la
católica. Tras su aparición en las islas británicas, el movimiento se extendió
por Alemania, Francia, Italia y España. Desde un inicio, el Vaticano advirtió
con preocupación su influencia, que estimó antagónica a sus principios.
Sucesivamente, los papas Clemente XII y Benedicto XIV condenaron esta
organización secreta y prohibieron bajo severas penas canónicas afiliarse a
ella. Ser católico practicante y francmasón resultaron incompatibles para la
Santa Sede. Y así lo aceptó el rey Fernando VI de España, quien en 1751, mandó
a redactar un decreto contra la masonería, bajo pena de excomunión papal. Sus
súbditos de la península y América quedaron de esta forma advertidos.
Entonces ¿Cuál fue el vínculo
inicial entre Francisco de Miranda, mentor de la Logia Lautarina, y la
francmasonería? A inicios del siglo XX,
el historiador norteamericano William Spence Robertson, en su ensayo La vida de Miranda (1929), aporta más
sombras que luces al misterio. Literalmente: “Aunque manifestó interés por los
establecimientos masónicos en el curso de sus viajes por Europa, el examen de
sus papeles inéditos nada releva y prueba que perteneciera a la orden masónica,
ni que fuese un gran maestro de esta”.
Sobre lo anterior, el libro de Eyzaguirre
subraya que las investigaciones de Spence Robertson no excluyen el afán
proselitista de Miranda en pro del ideario de la emancipación, cosa que señala,
en particular, al referirse a sus relaciones con el joven Bernardo O'Higgins.
Sobre el caso, es necesario apuntar que O'Higgins guardó como recuerdo unas
instrucciones del venezolano en las que se leían consejos acerca de la relación
con la Iglesia: “es un error creer que cada hombre, que es un tonsurado o
canónigo (sacerdotes, diáconos y clérigos), es un fanático intolerante y un
enemigo decidido de los derechos del hombre. Conozco por experiencia que en
esta clase existen los hombres más ilustrados y liberales de Sudamérica, pero
la dificultad está en descubrirlos. El temor a los graves castigos los hacía
disimular sus ideas”. No hubo, como puede leerse, en su persona una aversión
completa hacia los hombres de fe.
Por supuesto lo anterior es lo
que podemos definir como la versión oficial de las historia de la logia y su
particular mentor, Francisco de Miranda; bajo la superficie el relato crece y
se extiende en una geografía donde los limites no solo son difíciles de
definir, sino que derechamente no existen. Miranda nació en Caracas en 1750 en
el seno de la familia de un rico comerciante que de inmediato educó a su hijo
en las artes de la ilustración y la lectura, haciendo del muchacho un temprano
intelectual cuya curiosidad y necesidad de conocimiento propició que, en plena
adolescencia, consultara textos y filosofías
que no eran precisamente del gusto de su familia y, sobre, de sus
educadores religiosos. Sacerdotes católicos advirtieron al padre de Miranda que
el joven estaba buscando la compañía de pensadores peligrosos y leyendo textos
contrarios al a educación cristiana.
A los 14 años, Francisco de
Miranda sufrió la primera quema de libros, un dolor que, sin embargo, fue
curado por la seguridad de que lo aprendido en esos textos ya habitaba en su
cabeza. Tres años después fue enviado a España a terminar su instrucción militar,
donde se graduó con maestría en esgrima, ciencias de la guerra y grado de
capitán, cargo con el cual el ejército del rey lo envió a Pensacola, Estados
Unidos, como parte de las fuerzas hispanas que apoyaban al general George
Washington en la guerra de Independencia contra los ingleses. Es aquí cuando
surge en el joven oficial la idea de convertir Sudamérica en un espejo del
proyecto de Washington, unos Estados Unidos del sur, libres de la corona
española. Sin embargo, pronto cae en la atención de la Inquisición, que lo
investiga por su lectura y colección de textos prohibidos y por su fascinación
por dibujar desnudos femeninos, que lo llevan a ser acusado de promover
obscenidades. En 1782 llega la orden de apresarlo y regresarlo a España, pero
él escapa y se refugia en Filadelfia.
En 1783, Thomas Jefferson, amigo
muy cercano de Miranda, se encargó de iniciarlo en la masonería y lo invitó a
ser parte de una orden aún más secreta, de la cual formaban parte el general
Washington y otros intelectuales estadounidenses como John Adams y Benjamín
Franklin, los cuales eran llamados Illuminati del Nuevo Orden o del Nuevo
Mundo; es en ese contexto donde comienza a fraguar su sueño iniciático de un
“gran señor de la luz”. Miranda es, además, el secreto impulsor de la carrera
presidencia de Washington, a quien bautiza en lo que el venezolano llama “Rito
del poder”, del cual el general estadounidense era el único que podría ser
parte, dado su origen vinculado a la nobleza criolla estadounidense.
En 1785 Miranda regresa a España,
nación que lo declara proscrito y ordena su detención. Escapa e inicia una
aventura por Holanda Prusia, Italia, Francia, Turquía y Rusia, donde es
considerado ciudadano protegido por el Príncipe Potemkin. En este periodo es
invitado a Baviera por Adam Weishaupt, fundador de los Illuminati europeos,
quien había creado el movimiento como respuesta a los norteamericanos para así
garantizar el control de la economía del Viejo Mundo. De Weishaupt, el venezolano
abraza la idea de que la iluminación no solo es intelectual, sino también
política, y sobre todo, económica. Es así que recurre al primer ministro inglés
para presentarle el proyecto de la Nueva Colombia ofreciéndole —a cambio de su
ayuda contra la corona española- el monopolio del comercio en la nueva nación
federada que iba a surgir en el Nuevo Mundo. El plan es finalmente desechado,
por lo cual Francisco vuelve a recorrer Europa, refugiándose en Francia, donde
acaba apresado en el proceso de la Revolución Francesa, compartiendo celda con
un joven Napoleón y salvándose de la guillotina gracias a una oportuna
confusión de nombres. Tras arrancar de Francia, Miranda viaja al norte de
Italia donde encuentra a su “señor de luz” —su Lucifer privado- en los relatos
de la aparición de un ser de luz cerca de Palermo, el cual según un culto local
era espejo de la señora luminosa que había aparecido por primera vez en el
cerro de Al-Karem en Israel y a la que la Iglesia Católica había cristianizado
como Virgen del Carmen.
Hacia 1798, Francisco de Miranda
regresa a Londres como profesor de estrategias de guerra y esgrima en la academia
Richmond, donde empieza a tomar contacto con jóvenes criollos latinoamericanos
como Bernardo O'Higgins, José de San Martín y su amigo Simón bolívar.
Recordando la experiencia de los Illuminati de Jefferson, el venezolano une a
su pupilos en su propia versión de este grupo al cual, para diferenciarlos,
llama Caballeros Racionales o Brillantes, bautizando luego a la logia como la Gran
Reunión Americana y finalmente, tras los relatos del chileno Bernardo O'Higgins
sobre la guerra de Arauco, como Logia Lautarina o Logia de Lautaro. Y son estos
jóvenes caudillos, más otros que fueron sumándose con el paso de los años,
tanto en Londres como en Cádiz, y Buenos Aires, los que concretaron el sueño
del venezolano universal: dar libertad a Hispanoamérica y consagrar la hazaña a
la devoción del Señor de la Luz de la Iluminación, o como se ha conocido desde
entonces: la virgen del Carmen. Traicionado por su propio hermano, Simón
Bolívar, Francisco de Miranda fallecería en San Fernando, España, en 1816, un
año antes de que sus pupilos más queridos —Bernardo O'Higgins y José de San
Martín- cruzaran los Andes en un rito iniciático dedicado a la Señora del
Carmen. El plan para la Gran Colombia o a los Estados Unidos de Sudamérica fue
tomado posteriormente por Simón bolívar, pero su rivalidad con los hermanos
Sucre, San Martin y O'Higgins impidió que el gran proyecto del fundador de la
logia se concretara, limitándose a una nación federal fundada en 1821 y que
unió a Panamá, Ecuador, Colombia y Venezuela durante una década. Luego, los
celos internos levantaron las fronteras y cada país participante continuo su
carrera como nación independiente y soberana.
Aunque no hay consenso absoluto sobre los miembros de este grupo, en listas e investigaciones suelen repetirse los siguientes nombres: Francisco de Miranda, José Antonio Sucre, Santiago Mariño, Andrés Bello, Luis López Méndez, José cortes de Madariaga, francisco Isnardi y Simón bolívar, de Venezuela; José María caro, de México; Bernardo O'Higgins, José Miguel Carrera, ramón Freire, camilo Henríquez, Manuel blanco encalada, de Chile; Juan Pablo Fretes de Paraguay; y José de san Martin, José Matías Zapiola, Carlos de Alvear, Bernardo de Monteagudo, Gervasio posadas, domingo French, Tomás Godoy cruz y tomas Guido, de argentina.
(Ensayo del escritor chileno Francisco Ortega, publicado en su novela "Logia", 2014)
