Probablemente me jacte de ser iconoclasta, aun así, no es una cuestión personal, ni mucho menos de prejuicios.
Para comenzar, los razonamientos populares de “sentido común” no se tratan de un ejercicio simple, sino que se basa fundamentalmente sobre ciertos preceptos. No es casualidad, que a lo largo de 3 décadas, se hayan enseñado las mismas bases, y como consecuencia inefable, que la aparente lógica tenga como resorte emocional, aquello que se inculcó durante generaciones.
Ahora bien, sin entrometerme con la sociología, no es tan complejo revisar las bases pero parece ser, que no estamos acostumbrados a leer la letra chica antes de firmar.
Durante 10 años, se llevó a la práctica la caja de conversión –Ley de Convertibilidad- la cual, era un simple ejercicio de: dólar entra, entra peso al circuito – sale dólar, sale peso del circuito.
Es decir, que los precios locales dependían de los ingresos internacionales, y así, los precios locales se igualaban con la media (sin ponderar) del mundo.
A todo esto, para ser más claros, también se igualan los salarios en divisa internacional. Entonces, por ende, se debería tener como mínimo, el mismo nivel de productividad que la media mundial, de otra forma el sistema no soportaría recibir más a cambio de menos y sostener el empleo local.
Entonces, cabe el interrogante: ¿Cómo se sostuvo entonces, el sistema sin que colapse?
La respuesta consta tan solo de cinco letras: deuda.
Pero al margen del inevitable endeudamiento, entonces no habría problemas, siempre y cuando a futuro de pago de deudas, se lo haga genuinamente con fondos producidos localmente.
Pero ¿qué sucede si encontramos que la composición de importaciones es mayoritariamente superior en bienes de consumo medios e intermedios, por sobre los bienes de capital?
Veamos:
Entonces, ese diferencial que se sostuvo perpetua durante una década, debió traducirse en alguna consecuencia. ¿Saben de qué se trata?
Para que las pocas industrias locales compitan contra las importaciones, al no innovar en tecnología que logre competir vía calidad, lo hace vía precios. ¿Y cómo se compite vía precios ante un inminente avance de importación de precios y salarios más bajos, sumados a mayor calidad?
Pues, forzando la baja de salarios, flexibilizando el mercado laboral, maniatando los síndicos, para que así, se formen largas filas de desempleados que estén dispuestos a trabajar por el mínimo de subsistencia –el sueño de Adam Smith y David Ricardo-.
Entonces, ¿qué sucedió con el desempleo? Veamos:
Sin dudas, que el desempleo fue quien pagó los platos rotos por la apertura de mercado, y la adopción del libre mercado.
Digamos entonces, que actualmente los razonamientos se realizan en base a la caja de conversión, en base a la teoría del derrame.
¿En qué consiste la teoría del derrame?
En que cuando al sector acaudalado se rebalse de capitales, estos se derramaran hacia los de menores ingresos. Pero entonces, ¿qué se necesita para que eso ocurra?
Lo que se necesita es el cierre de las fronteras comerciales, es decir, comunismo, ya que lo que se produzca, indefectiblemente debiera ser consumido por la población local, y si éstos no tienen suficientes ingresos para absorber dicha producción, entonces quedarán dos opciones:
Una: que el sector capitalista relegue parte de sus ganancias hacia los trabajadores –redistribución de los ingresos-.
O, dos: que la sobreproducción permita un estoqueo tal, que fuerce a los capitalistas a rescindir sus ingresos para que los absorban los trabajadores.
Pero en ese interín, hasta que tal utopía suceda, ¿los trabajadores morirían de hambre? Correcto.
Pero como ninguna de las dos opciones sucedieron, porque antes, no existió tal cierre de fronteras económicas, sino más bien, todo lo contrario, entonces la sobreproducción nunca se alcanza, ya que es absorbida por los ingresos de otras clases, de otros países.
Es decir, que la antagonía es inevitable e indefectible, ya que para lograr lo que las bases y la teoría ortodoxa sean pertinentes, deben contradecirse dos puntos. La apertura del mercado vs. Comunismo.
El comercio internacional, pues, funge entonces de pérdida, o drenaje, donde la teoría del derrame jamás se produce al mismo tiempo que las clases trabajadoras mueren de hambre. Vaya círculo vicioso.
Es entonces que tiene sentido el interés del capitalista de la apertura del mercado, pero si esto ocurre puramente, entonces sucede lo que vimos anteriormente con la importación. Porque no se puede exportar, sin importar. Los productos vendidos se cobran con productos comprados y cuando éstos son más competitivos que los locales, entonces produce el cierre de la producción local. ¿Otra antagonía? Sin dudas.
Entonces, ¿qué debe hacer una empresa para protegerse de la importación? Simple. Golpear las puertas del Ministerio de Economía y pedir INTERVENCION.
Pero, ¿no es cierto que la teoría ortodoxa liberal sostenga que el Estado no deba intervenir?
Así es.
No debe intervenir en sus ganancias. Esa es la parte tácita de la premisa liberal.
Pero para que la clase trabajadora acceda a la mejora de su poder adquisitivo, se necesita o bien cerrar las fronteras económicamente hablando –cosa que el capitalista no aceptará- o intervenir en la redistribución del ingreso, protegiendo de igual a igual, mediante aranceles la importación, y mediante aranceles la exportación, más la retención de ganancias para éstas volcarlas hacia los de débiles ingresos.
Vimos entonces, que las premisas de Libre Mercado; Flexibilización Laboral; Convertibilidad; y proteccionismo todos juntos eclosionan.
En efecto, no hay protección sin libre mercado, ni flexibilización laboral, sin endeudamiento, y no hay solvencia económica, si no se restringe la importación y se interviene para impedir el avance de productos extranjeros, al tiempo que se permita la redistribución del ingreso que soslaye la sobreproducción.
Vaya menjunje. Es verdad.