El violento hervor que se acumula
y compresiona dentro de una olla a presión erosiona a su paso como aquella
teoría celeste que dicta que cuando dos cuerpos colisionan generan una energía
de clase colateral. Así nuestras emociones mal canalizadas se comportan de
similar manera cuando el “sentido común” oficia de comisario bajo criterios
impertinentes engendrando una bestia incontenible que es lanzada a una sociedad
alimentada por el influjo de estímulos hostiles donde la borrasca confunde a
propios y extraños.
Los berserker eran guerreros vikingos que semidesnudos y a medio tapar
por pieles entraban en combate bajo cierto trance de perfil psicótico
prácticamente insensibilizados al propio dolor, tal como describieron Angus
Sommerville y Andrew McDonald en su obra “La era de los vikingos” del 2010.
Tanto así podemos graficar distintos comportamientos y razonamientos incluso en
relajados intercambios entre personas de alta formación académica a la hora de
desnudar sus conceptos e indagar sobre las premisas que enquistadas yacen en
las paredes del raciocinio que a los vientos pregonan cual heraldos romanos en
la que congregaban al pueblo para poner en autos sobre asuntos de interés que
impartía el Feudo. Así las cosas la distorsión de la realidad difumada se
presenta sobre el prisma desde el que proyectan el mundo.
Común no es el sentido per se,
sino que el rebaño del que se guarecen recrean una serie de normas y creencias
de corto alcance que les brinda protección de un mundo que no comprenden en
demasía y del que temerariamente arriesgan su diagnósticos desde una
rigurosidad científica que bien podría compararse con el procedimiento que pone
sobre la tabla un catequista que razona dentro de límites dogmáticos tal como
lo realizan los economistas “modernos” que se aferran a preceptos y premisas
que nacieron muertas de teoremas que nunca encajaron en ninguna realidad ni
consumada ni a proyectarse. Curiosa es la energía que se empeña en “separar la
iglesia del Estado” pero la base científica de la que desandan sus inquietudes
parecieran alinearse más hacia un resguardo psicológico que uno razonable en
base a lo empírico.
La economía en general que
deambula desorientada sobre las banquinas de rutas de fibra óptica pareciera
estar buscando un sitio donde fenecer, mediado esto por estocadas mortales desangrantes a un cuerpo enteléquico del que se idealiza por
encima de las consideraciones lógicas y prácticas arrulladas en posición fetal
perdiendo la noción de contexto actual e histórico en la que sobradas
experiencias carecieran de valor alguno para los autoproclamados pensadores,
aunque éste último concepto se aleje a paso lento y constante de su etimología
conforme pasa el tiempo desde que la moneda de cambio universal, el dólar,
carece de respaldo tangible y/o genuino alguno esfumándose de entre los brazos
del sistema productivo que requiere todavía más proteínas que antes, y donde el
mundo redsocializado pareciera
ignorar y sumirlo a un segundo plano tras el elixir informático de la
tecnología, la economía del conocimiento y otras yerbas.
Ser duro con el problema y blando
con las personas nos lleva indefectiblemente a tirar de la punta de ovillo y
desnudar la inocencia de los planteos que arropados por preceptos de plano idílico
de cuento de hadas la competencia es perfecta, los costos logísticos nulos y
las personas se comportan como autómatas y pasan a ser simples códigos binarios
como una especie que yace vegetativamente, cuando lo único predecible es el
comportamiento irracional y la única certeza reinante es la estupidez humana
que tan frágil se resguarda sobre los hombros de otros tantos pares que detrás
de un domo de cristal se congregan para reflexionar el mundo no sin antes
refrendar sus argumentos basados en el empirismo cotejado en Netflix 24 x 7. Si
la preocupación de ciertos círculos pensantes es el abuso de doctrinas
francesas, suecas, inglesas y alemanas en las áreas de la ciencia social,
imagínese usted cuando todo esto es reemplazado por los guiones de las producciones
hollywoodenses.
La carrera armamentística y la
coquetería entre las potencias mundiales respecto del avance tecnológico o la
capacidad de patentamiento son
simples piezas de un rompecabezas que sólo requieren de una mesa adecuada que
contenga las dimensiones de semejante ilustración de fuerzas que ni el cielo mismo
alcanzaría si cada jugador pusiera las fichas sobre la mesa de una última
guerra mundial en puerta mientras el espectador pasa el tiempo en determinar si
el líder chino levantó más o menos una ceja cuando le respondía a su par norteamericano
en una supuesta contienda comercial de la que la periferia somos víctimas y de
donde nuestros cipayos locales nos incitan a enamorarnos como síndrome de Estocolmo
de nuestros verdugos foráneos que desangran nuestros recursos y capacidades por
las venas fluviales de nuestro Paraná que ve en primera persona pasar
mercadería mal pagada a cambio de espejitos de colores. Aquello de que el dólar
no va más porque se deprecia o puede depreciarse nos lleva al periodo 1970-1978
donde como consecuencia de la crisis del petróleo y la disputa financiera de
los países árabes al sistema monetario internacional llevó a depreciar la
moneda estadounidense en un 33%, en otro 33% entre 1985-1988, y un 28% entre el
2002 y el 2011. El portal canadiense Global Research calcula unos 20 millones
de muertos por Estados Unidos desde la Segunda Guerra mundial de forma directa
e indirecta a lo largo de la Guerra Fría, y las de oriente hasta la actualidad.
Claro, sostener un sistema así no se logra mediante el “diálogo” liso y llano,
y no en vano se harán las demostraciones de fuerza cuando vemos lanzarse misiles
“de prueba” de cada lado del planeta.
Pretender que una depreciación
del dólar signifique el principio del fin de la hegemonía norteamericana es no
haber comprendido el párrafo reciente o al menos relativizar los posibles
efectos colaterales de un cruce beligerante imaginando quizá resultar ilesos
por posición geográfica, para lo que también además implicaría no entender las
más mínimas lecciones de la estrategia militar y de dominio que a través de la
injerencia silenciosa las potencias han mantenido con sus ex colonias a través
de la presencia de sus gerentes en los parlamentos, o sus gerentes directamente
en las cómodas butacas de las multinacionales que esparcidas capilarmente se
ubican tácticamente en diferentes nodos productivos del que fluye la mercadería
a granel y la de alto valor agregado, claro, el valor se lo quedan ellos
mientras los lacayos distraen con falsas teorías de que vendiendo barato a expensas
del bajo salario se termina vendiendo más. Vale recordar que cuando Inglaterra
llegó a la India en el siglo XVIII ambas naciones representaban cada una
alrededor del 20% del PBI mundial (es decir, un 40 y pico porciento entre ambas
naciones). Cuando el Viceroy de la
Corona inglesa Louis Francis Albert Victor Nicholas Mountbatten le entrega el
mando a Mahatma Gandhi, la India representaba el 2% del PBI mundial. El precio
de la “civilización”.
Es extraño suponer que el patriotismo signifique cantar con más o menos fuerza el himno nacional, o que el nacionalismo sea oligopolizado por un puñado de personas que comen seguido y se congregan en plazas agitando banderitas proclamando alguna idea de “libertad” clamando por la mano invisible de Smith. Quizá algún día comencemos por el principio y como en cualquier clase seria de cualquier ciencia social se empiece por ponernos de acuerdo con los términos y conceptos a desandar en el aprendizaje y tal vez allí podamos redefinir los alcances del dominio, de la injerencia, y saber qué significa tener “voz y voto” en un directorio empresarial y saber que si el capital no tiene nacionalidad, que una empresa esté radicada en un país no signifique necesariamente que las decisiones se correspondan con los intereses nacionales del mismo.

