Difícilmente pueda llevarse a
cabo la premisa de la acumulación del capital cuando la voluntad de su tenedor
se antepone como derecho humano por sobre la lógica de la preservación de la
salud de la comunidad en su conjunto. Cualquier planteo socioeconómico
fundamentalista entra en jaque dentro de un embrollo que no tiene punta de dónde
tirar.
Los estándares que movilizan las
decisiones individuales son promovidas incluso por la creencia del mismo
individuo que propaga una noción sobre las cosas que lo terminan sujetando a la
suerte de su propia acción, casi como la profecía autocumplida que cada vez
retorna con mayor velocidad dado las herramientas informáticas comunicacionales
que imposibilitan repetir aquello de las palomas que proveyeron de la fortuna
de los Rothschild.
Lo cierto es que a medida que la
masa de asalariados acumula pequeños ahorros y los estímulos los conducen a
decisiones arriadas, el destino del volumen acumulado se termina por diluir en
canales antiproductivos de ahorros que por sonidos ahuyentagolondrinas se fugan del sistema y se reclaman en ganancias
financieras que sólo hacen depreciar la producción real oprimiendo sobre el
stock de dólares y depreciando los precios/salarios relativos en dólares para
reducir todavía más el poder adquisitivo absoluto y con esto, claro, la masa de
consumo que es lo que retiene capitales extranjeros de retornar a la casa
matriz de sus empresas en concepto de remesas.
Por otra parte, si desde el
Estado y a través del Banco Central se opta por seducir al inversor mediante altas tasas de interés, entonces se vuelve más
atractivo esperar por un retorno de tasa de interés en concepto de plazo fijo
que consumirlo en productos de fabricación nacional cuando al mismo tiempo el
mismo Estado no restringe el acceso de mercadería de importación obligando a competir
al local vía precios pujando por la baja relativa de la carga salarial ya sea
reduciendo el mismo, ya sea despidiendo o subiendo los precios nominales o todo
al mismo tiempo que es lo que a cuentagotas termina ocurriendo.
Repasando, si del Producto
Nacional se fuga una alta masa de dólares al mismo tiempo que se abren las
importaciones, el capital nacional se esfuma desinvirtiendo en producción
volcándose a las finanzas a expensas de lo que sea no importa que los
instrumentos financieros impliquen apostar contra el Estado Nacional, y el
capital extranjero reduce sus inversiones y gasto en divisas localmente puesto
que vende menos internamente por la reducción generalizada del poder
adquisitivo, volviendo menos competitiva su inversión por los costos medios que
implican una inversión a escala que justifique radicarse aquí, ya que la mano de
obra no se encuentra tan barata como la asiática (excepto Japón y Corea del
Sur) con salarios de subsistencia, ni el poder adquisitivo es tan importante
como el que se encuentra en la Europa occidental por los altos salarios,
mientras la lejanía del cono sur latinoamericano encarece el traslado tanto de
la materia prima que viene importada como del bien final a exportar. Aquí es
donde entra en juego la primarización de la economía exportadora, ya que se
vuelve más rentable apostar por la actividad primaria y a grandes volúmenes y
que emplea poca mano de obra, y de donde la proporción de tributo local es
relativamente menor que la actividad productiva y de la que las retenciones por
convenio suscrito ante la OMC no puede exceder del 35 por ciento en calidad de retenciones.
Si del compromiso de pago de
deuda externa estimando una carga relativa al Producto en el orden del 20 por ciento, asciende al 100 por ciento
y cuando sincronizadamente el Estado decide reducir la recaudación de divisas
por eliminación de retenciones hacia los productos de exportación, entonces la
capacidad de ahorro/stock de dólares de las Reservas se ven relativamente
debilitadas volviendo vulnerable las Cuentas Nacionales frente a eventualidades
futuras, alterando esto las calificaciones y disparando los riesgos de default
puesto que hay menos dinero para pagar más deuda (no es difícil de augurar),
entonces los capitales o potenciales desistirán de invertir en una economía que
enferma generando revuelo en las bolsas y comenzando el efecto dominó de
desinversión donde se activa el protocolo social involuntario del “sálvese
quien pueda” resucitando una y otra vez las lecciones de Lord Maynard Keynes de
la Ley Psicológica Fundamental acelerando el proceso recesivo a ritmo
vertiginoso.
Cuando una persona adquiere un
vehículo además de la transacción monetaria debe adecuarse a una serie de
lineamientos de carácter formal y fiscal, de la que obtiene documentación de
dominio y reconocimiento de bienes bajo instrumento público y de la que goza de
protección y garantía constitucional. Claro que en la documentación que prueba
dominio se denomina al bien y al sujeto estableciéndose así el vínculo legal
que acredita titularidad. Similar proceso ocurre con la adquisición de
inmuebles. Sin embargo el dinero llamado también como “moneda de curso legal”
consta de un papel certificado y garantizado por el Banco Central de cada país,
aunque no declara mismo vínculo entre persona y cosa, pese a la probatoria de
legitimidad en tanto y en cuanto la trazabilidad que sólo la bancarización
permite, cuando el dinero sale a la plaza, o a la calle para ser más preciso,
se convierte en un paria, huérfano sujeto a la ley del más fuerte (o del mejor
protegido) frente a eventualidades de una sustracción, mediante hurto o robo
que al mismo tiempo imposibilita la garantía constitucional que ostenta el
vehículo o el inmueble ya que el billete tiene un código de serie que vincula
con su emisor pero no vincula con la persona que dice poseerle. Es decir
entonces que podemos atribuirle origen al dinero en cuanto a Institución emisor
del país o bloque económico/Estado que refiera pero no encuentra restricción de
movilidad internacional más que algunas impuestas por distintos Estados o
Gobiernos. Como el dólar es la moneda de transacción mundial, sus tenedores
buscan preservarlos donde encuentren mayor comodidad volviendo al capital
apátrida sin Nación. He aquí la offshorización
global.
Si por otra parte no replanteamos
los conceptos inter-nacionales hablando estrictamente del relacionamiento entre
las Naciones por los intereses respectivos, estaremos firmando pactos leoninos
puesto que desde siempre prima la doctrina Washington de “intereses con todos,
amistad con nadie”, reconociendo que las relaciones sólo deben darse cuando la
pérdida es relativamente menor que con otro y siempre y cuando no exista un
sustituto que nos provenga de resultados más ventajosos. Puesto que el dólar no
tiene nacionalidad, da igual si proviene de Arabia Saudita, de la India, de
Canadá o de Surinam en tanto y en cuanto el egreso de los mismos no nos resulte
a largo plazo un deterioro de nuestras arcas nacionales. En efecto, las viejas
conquistas se daban entre tantas razones por expansión territorial, por prevención
ante un avasallamiento, para la obtención de recursos de otras latitudes, o por
simple juego de dominio, entre tantos otros que desde que la Banca se
institucionalizó desde pasado el doceavo siglo posterior a Cristo el intercambio de dinero (en cualquiera de sus formas)
implica el traslado de los recursos (a través del comercio) y la sumisión de
compromisos a futuro (a través de empréstitos y deuda) por lo que la soberanía se
termina lavando a través de solemnes actos protocolares y de supino glamor que
pone de rodillas a una de las partes de forma pacífica, no beligerante.
Endeudarse supone sumisión, y vender a precio irrisorio implica ceder recursos en detrimento de uno a favor del otro (puesto que suma cero) y lo demás es verso. Así las cosas, la independencia se firma con la autonomía, la autarquía, el consumo a cambio de menos y la sustentabilidad a largo plazo, y todo aquello inversamente a esta dirección es, pues, colonialismo.
