lunes, 20 de julio de 2020

Patriotismo imaginario o nacionalismo adimensional: las caras de una moneda fiduciaria

El violento hervor que se acumula y compresiona dentro de una olla a presión erosiona a su paso como aquella teoría celeste que dicta que cuando dos cuerpos colisionan generan una energía de clase colateral. Así nuestras emociones mal canalizadas se comportan de similar manera cuando el “sentido común” oficia de comisario bajo criterios impertinentes engendrando una bestia incontenible que es lanzada a una sociedad alimentada por el influjo de estímulos hostiles donde la borrasca confunde a propios y extraños.

Los berserker eran guerreros vikingos que semidesnudos y a medio tapar por pieles entraban en combate bajo cierto trance de perfil psicótico prácticamente insensibilizados al propio dolor, tal como describieron Angus Sommerville y Andrew McDonald en su obra “La era de los vikingos” del 2010. Tanto así podemos graficar distintos comportamientos y razonamientos incluso en relajados intercambios entre personas de alta formación académica a la hora de desnudar sus conceptos e indagar sobre las premisas que enquistadas yacen en las paredes del raciocinio que a los vientos pregonan cual heraldos romanos en la que congregaban al pueblo para poner en autos sobre asuntos de interés que impartía el Feudo. Así las cosas la distorsión de la realidad difumada se presenta sobre el prisma desde el que proyectan el mundo.

Común no es el sentido per se, sino que el rebaño del que se guarecen recrean una serie de normas y creencias de corto alcance que les brinda protección de un mundo que no comprenden en demasía y del que temerariamente arriesgan su diagnósticos desde una rigurosidad científica que bien podría compararse con el procedimiento que pone sobre la tabla un catequista que razona dentro de límites dogmáticos tal como lo realizan los economistas “modernos” que se aferran a preceptos y premisas que nacieron muertas de teoremas que nunca encajaron en ninguna realidad ni consumada ni a proyectarse. Curiosa es la energía que se empeña en “separar la iglesia del Estado” pero la base científica de la que desandan sus inquietudes parecieran alinearse más hacia un resguardo psicológico que uno razonable en base a lo empírico.

La economía en general que deambula desorientada sobre las banquinas de rutas de fibra óptica pareciera estar buscando un sitio donde fenecer, mediado esto por estocadas mortales desangrantes a un cuerpo enteléquico del que se idealiza por encima de las consideraciones lógicas y prácticas arrulladas en posición fetal perdiendo la noción de contexto actual e histórico en la que sobradas experiencias carecieran de valor alguno para los autoproclamados pensadores, aunque éste último concepto se aleje a paso lento y constante de su etimología conforme pasa el tiempo desde que la moneda de cambio universal, el dólar, carece de respaldo tangible y/o genuino alguno esfumándose de entre los brazos del sistema productivo que requiere todavía más proteínas que antes, y donde el mundo redsocializado pareciera ignorar y sumirlo a un segundo plano tras el elixir informático de la tecnología, la economía del conocimiento y otras yerbas.

Ser duro con el problema y blando con las personas nos lleva indefectiblemente a tirar de la punta de ovillo y desnudar la inocencia de los planteos que arropados por preceptos de plano idílico de cuento de hadas la competencia es perfecta, los costos logísticos nulos y las personas se comportan como autómatas y pasan a ser simples códigos binarios como una especie que yace vegetativamente, cuando lo único predecible es el comportamiento irracional y la única certeza reinante es la estupidez humana que tan frágil se resguarda sobre los hombros de otros tantos pares que detrás de un domo de cristal se congregan para reflexionar el mundo no sin antes refrendar sus argumentos basados en el empirismo cotejado en Netflix 24 x 7. Si la preocupación de ciertos círculos pensantes es el abuso de doctrinas francesas, suecas, inglesas y alemanas en las áreas de la ciencia social, imagínese usted cuando todo esto es reemplazado por los guiones de las producciones hollywoodenses.

La carrera armamentística y la coquetería entre las potencias mundiales respecto del avance tecnológico o la capacidad de patentamiento son simples piezas de un rompecabezas que sólo requieren de una mesa adecuada que contenga las dimensiones de semejante ilustración de fuerzas que ni el cielo mismo alcanzaría si cada jugador pusiera las fichas sobre la mesa de una última guerra mundial en puerta mientras el espectador pasa el tiempo en determinar si el líder chino levantó más o menos una ceja cuando le respondía a su par norteamericano en una supuesta contienda comercial de la que la periferia somos víctimas y de donde nuestros cipayos locales nos incitan a enamorarnos como síndrome de Estocolmo de nuestros verdugos foráneos que desangran nuestros recursos y capacidades por las venas fluviales de nuestro Paraná que ve en primera persona pasar mercadería mal pagada a cambio de espejitos de colores. Aquello de que el dólar no va más porque se deprecia o puede depreciarse nos lleva al periodo 1970-1978 donde como consecuencia de la crisis del petróleo y la disputa financiera de los países árabes al sistema monetario internacional llevó a depreciar la moneda estadounidense en un 33%, en otro 33% entre 1985-1988, y un 28% entre el 2002 y el 2011. El portal canadiense Global Research calcula unos 20 millones de muertos por Estados Unidos desde la Segunda Guerra mundial de forma directa e indirecta a lo largo de la Guerra Fría, y las de oriente hasta la actualidad. Claro, sostener un sistema así no se logra mediante el “diálogo” liso y llano, y no en vano se harán las demostraciones de fuerza cuando vemos lanzarse misiles “de prueba” de cada lado del planeta.

Pretender que una depreciación del dólar signifique el principio del fin de la hegemonía norteamericana es no haber comprendido el párrafo reciente o al menos relativizar los posibles efectos colaterales de un cruce beligerante imaginando quizá resultar ilesos por posición geográfica, para lo que también además implicaría no entender las más mínimas lecciones de la estrategia militar y de dominio que a través de la injerencia silenciosa las potencias han mantenido con sus ex colonias a través de la presencia de sus gerentes en los parlamentos, o sus gerentes directamente en las cómodas butacas de las multinacionales que esparcidas capilarmente se ubican tácticamente en diferentes nodos productivos del que fluye la mercadería a granel y la de alto valor agregado, claro, el valor se lo quedan ellos mientras los lacayos distraen con falsas teorías de que vendiendo barato a expensas del bajo salario se termina vendiendo más. Vale recordar que cuando Inglaterra llegó a la India en el siglo XVIII ambas naciones representaban cada una alrededor del 20% del PBI mundial (es decir, un 40 y pico porciento entre ambas naciones). Cuando el Viceroy de la Corona inglesa Louis Francis Albert Victor Nicholas Mountbatten le entrega el mando a Mahatma Gandhi, la India representaba el 2% del PBI mundial. El precio de la “civilización”.

Es extraño suponer que el patriotismo signifique cantar con más o menos fuerza el himno nacional, o que el nacionalismo sea oligopolizado por un puñado de personas que comen seguido y se congregan en plazas agitando banderitas proclamando alguna idea de “libertad” clamando por la mano invisible de Smith. Quizá algún día comencemos por el principio y como en cualquier clase seria de cualquier ciencia social se empiece por ponernos de acuerdo con los términos y conceptos a desandar en el aprendizaje y tal vez allí podamos redefinir los alcances del dominio, de la injerencia, y saber qué significa tener “voz y voto” en un directorio empresarial y saber que si el capital no tiene nacionalidad, que una empresa esté radicada en un país no signifique necesariamente que las decisiones se correspondan con los intereses nacionales del mismo.