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lunes, 10 de agosto de 2020

La logia Lautarina y la hazaña a la virgen del Carmen

La gran Reunión Americana, también conocida como Logia de los Caballeros Racionales, fue fundada por el caudillo venezolano Francisco de Miranda en el año 1797 en Londres. El apelativo de Logia Lautarina o Logia de Lautaro se debe a los relatos que contó Bernardo O’Higgins a Miranda sobre las hazañas en contra de la dominación española del héroe mapuche Lautaro, quien en 1546 se dejó capturar por las fuerzas conquistadoras de Pedro de Valdivia, para así ganarse la confianza de los invasores y aprender de sus fortalezas y debilidades, lo que luego usó para iniciar una guerra contra el avance hispano. Miranda y O’Higgins educaron a los “hermanos lautaristas” en la idea de que ellos también debían convertirse en “enemigos internos, supuestamente aliados” para sus adversarios. El objetivo fundamental de esta logia era lograr la independencia de América, estableciendo un sistema republicano unitario y un gobierno confederado. Se habló incluso de una monarquía criolla, idea que defendió hasta su muerte el hermano José de San Martín.

Aunque nació y se desarrolló principalmente en Argentina, su influencia se extendió por otros países sudamericanos como Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela y Uruguay. Dado su carácter de organización secreta, ayudó a coordinar y establecer contactos entre muchos de los líderes de la independencia hispanoamericana, como Bernardo O’Higgins, Simón Bolívar, Andrés Bello, Antonio Sucre, José de San Martín y otros tantos, incluso algunos que traicionaron y fueron traicionados por la organización, como es el caso del chileno José Miguel Carrera, por lejos la figura más trágica relacionada con la historia de esta conspiración.

De acuerdo a lo que sostiene el historiador chileno Jaime Eyzaguirre (1908-1968) en la introducción a su ensayo La Logia Lautarina y otros estudios sobre la independencia, “en la formación y estímulo del proceso de la independencia hispanoamericana jugó un papel importante una sociedad secreta, conocida con el nombre de Logia Lautarina, que se ramificó en diversos sitios del continente y que después de la batalla de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, tuvo por varios años un papel decisivo en la política chilena y argentina”. Sostiene Eyzaguirre que sobre el origen de la logia abundan más las conjeturas que los documentos realmente comprobados. Sin embargo, hay más o menos consenso entre los historiadores —y estudiosos- en apuntar que este grupo secreto emerge de una logia masónica instituida en Londres por el venezolano Francisco de Miranda y esparcida luego a España y a las colonias de América del Sur.

¿Pero puede hablarse de ellos como reales exponentes de la masonería? El historiador español y experto en sectas y grupos religiosos, Manuel Prado, es contrario a la idea. “Creo que la relación más directa entre esta logia y la masonería se da en la figura del primer presidente de Chile, don Manuel Blanco Encalada, quien fue miembro del grupo y luego fundó la masonería chilena en 1827. Por otra parte, debe tomarse en cuenta que muchos miembros de la Lautarina eran fervientes católicos, como el sacerdote José Cortés Madariaga, algo imposible de imaginar dentro de una sociedad de masones”.

Pero indudablemente la Logia Lautarina compartía elementos con la masonería, sobre todo en cuanto a su carácter iniciático y secreto. Bernardo O’Higgins usaba en su correspondencia cierto lenguaje fácil de identificar como masón: referencias l Gran Hacedor, al Gran Dispensador de los Favores, al Señor de la Luz, a la Estrella Solitaria, al género humano como La Obra, etc. Por supuesto este tipo de sustantivos y adjetivos eran bastante comunes en el siglo XVIII que, después de la Ilustración, trataba de alejarse lo más posible de ideas y preceptos vinculados con la religión, especialmente del catolicismo.

A propósito de Bernardo O’Higgins, no debe olvidarse que el prócer tuvo una fuerte influencia tanto religiosa como filosófica en su formación educacional. Para él fue especialmente importante la Carta de la tolerancia de John Locke, que sumada a la influencia de Miranda hicieron del hijo del Virrey del Perú un humanista con ideas muy ilustradas, más de lo que muchos piensan. En el aspecto religioso, por ejemplo, tenía una  visión extremadamente racional, inclinada hacia la teología natural en lugar de la teología sagrada, es decir, hacia probar y demostrar la existencia de Dios más por el criterio de la razón humana que por la fe.

No obstante, no es menor el dato del desprecio que O’Higgins sentía de niño hacia las autoridades eclesiásticas que por años lo trataron como un ciudadano de segunda clase, ultrajando su origen como hijo de una madre soltera y primogénito no reconocido del virrey del Perú. Sabía el futuro padre de la patria de Chile que el apelativo “huacho” se había originado en los pasillos de parroquias, conventos y escuelas, amparados por la Iglesia Católica, y de ahí se había difundido entre sus iguales, primero y enemigos políticos después. Aunque jamás habló de venganza hacia los curas, era bien sabido entre sus pares el deseo de O’Higgins de bajarle los humos a los portadores de sotanas. Fue precisamente su mentor, Francisco de Miranda, quien le enseñó que lo mejor no era un ataque directo, sino usar su propio dogma y tradiciones para espolonear donde más les doliera a los obispos, “como Lautaro con Pedro de Valdivia”, le habría recordado. El dato de que a su muerte, como se piensa, un acto de humildad y acercamiento a la fe cristiana, sino una derecha burla hacia esa orden católica, la misma que lo educó, despreció y burló de niño en su natal Chillán.

A la hora de buscar antecedentes de la Logia Lautarina en Chile y Argentina, ha de retrocederse a 1811. Ese año los hermanos Carrera, que habían regresado de España, se tomaron el poder en Santiago. José Miguel ocupó el cargo de Director Supremo de Chile, iniciando la formación del ejército patriota. Instaló además el alumbrado público, compró una imprenta y publicó La Aurora de Chile, el primer periódico del continente. Todo como parte de un plan de manipulación de masas ideado por su amigo fray Camilo Henríquez, un intelectual carolino que además era hermano lautarino y quien fuera responsable de iniciar a José Miguel en este grupo, por instrucciones del propio Francisco de Miranda, con quien mantenía una constante correspondencia. El propio Bernardo O’Higgins abogó para que Carrera fuera aceptado en la logia, sin imaginar lo que ello acarrearía. Este primer gobierno instauró además la primera bandera chilena y comenzó la planificación de un nuevo Congreso.

Pero a poco andar el régimen, José Miguel Carrera dejó de ser un hermano activo dentro de la Lautarina, nombrando a los componentes de su gobierno sin consultar a la logia y sin hacerla partícipe. Mucho molestó a Miranda que en lugar de Camilo Henríquez fuera Manuel Rodríguez —amigo de infancia de los Carrera- convocado como secretario de Gobierno, y que se le diera activa participación como ideóloga a Javiera, la hermana del clan, ya que era sabido que uno de los preceptos más inquebrantables de la Lautarina era la negación a que mujeres participaran en asuntos relacionados con sus intereses. Esto fue visto como una traición por José de San Martín, quien convocó a su "hermano" Bernardo O'Higgins —miembro fundador de la logia y quien en 1811 participaba en el gobierno como congresista representante de la ciudad de Concepción- a que derrocara el gobierno.

Obediente a sus maestros y camaradas, en agosto de 1814, O'Higgins formó un ejército privado y avanzó desde Concepción hacia Santiago. Quiso la casualidad que esto sucediera al mismo tiempo en que desembarcaron en Valparaíso y Coquimbo tropas realistas enviadas para reconquistar Chile. Carrera le hizo ver a O'Higgins que debían unirse para atacar a los españoles. Sin embargo, O'Higgins solo deseaba ocupar la dirección del país y que Carrera dejara el mando de las fuerzas armadas.

Finalmente se produjo el choque entre ambos caudillos, al tiempo que los españoles alcanzaban a las tropas de O'Higgins y las atacaban.

Al ver esto, el hijo del virrey se unió a Carrera, compartiendo el mando del ejército. Las fuerzas chilenas estaban compuestas por mil trescientos soldados, aunque solo algunos eran profesionales, en tanto que las españolas estaban formadas por más de cinco mil, todos aguerridos. Es lo que se conoce en la historia de Chile como el Desastre de Rancagua, sucedido el 2 de octubre de 1814 y que termina con el gobierno de Carrera, iniciando así el proceso político bautizado como Reconquista española. Es también uno de los instantes más controvertidos en la carrera militar de O'Higgins, cuando en medio de la batalla y al ver que sus tropas estaban perdidas, reúne a sus oficiales y realiza una “carga” que fue en realidad una manera de escapar con la frente en alto. El dejar a sus hombres en medio de una carnicería seria el precio que el hijo del virrey, a pesar del apoyo incondicional de la Logia Lautarina, jamás lograría saldar.

Lo que quedaba de las tropas chilenas debió huir a Mendoza. El primero en llegar fue O'Higgins, quien de inmediato fue acogido por José de San Martín, quien de inmediato lo nombró segundo al mando. Dos meses después arribó José Miguel Carrera, a quien de golpe se le quitó el mando del ejército chileno, se le dejó reconocer como Director Supremo y se le encarceló por cargos de desobediencia, todo por orden de los miembros de la logia.

Para nadie es un secreto que la francmasonería  alcanzó un gran desarrollo en las clases altas y cultas de la Europa del siglo XVIII. Aunque hay indicios de su existencia en Inglaterra desde al menos un par de siglos antes, su orientación definitiva data de 1717, año que coincide con la fundación de la capital británica de una gran logia que recibió los principios racionalistas en boga, contrarios, en su mayoría, a las religiones positivistas, particularmente la católica. Tras su aparición en las islas británicas, el movimiento se extendió por Alemania, Francia, Italia y España. Desde un inicio, el Vaticano advirtió con preocupación su influencia, que estimó antagónica a sus principios. Sucesivamente, los papas Clemente XII y Benedicto XIV condenaron esta organización secreta y prohibieron bajo severas penas canónicas afiliarse a ella. Ser católico practicante y francmasón resultaron incompatibles para la Santa Sede. Y así lo aceptó el rey Fernando VI de España, quien en 1751, mandó a redactar un decreto contra la masonería, bajo pena de excomunión papal. Sus súbditos de la península y América quedaron de esta forma advertidos.

Entonces ¿Cuál fue el vínculo inicial entre Francisco de Miranda, mentor de la Logia Lautarina, y la francmasonería?  A inicios del siglo XX, el historiador norteamericano William Spence Robertson, en su ensayo La vida de Miranda (1929), aporta más sombras que luces al misterio. Literalmente: “Aunque manifestó interés por los establecimientos masónicos en el curso de sus viajes por Europa, el examen de sus papeles inéditos nada releva y prueba que perteneciera a la orden masónica, ni que fuese un gran maestro de esta”.

Sobre lo anterior, el libro de Eyzaguirre subraya que las investigaciones de Spence Robertson no excluyen el afán proselitista de Miranda en pro del ideario de la emancipación, cosa que señala, en particular, al referirse a sus relaciones con el joven Bernardo O'Higgins. Sobre el caso, es necesario apuntar que O'Higgins guardó como recuerdo unas instrucciones del venezolano en las que se leían consejos acerca de la relación con la Iglesia: “es un error creer que cada hombre, que es un tonsurado o canónigo (sacerdotes, diáconos y clérigos), es un fanático intolerante y un enemigo decidido de los derechos del hombre. Conozco por experiencia que en esta clase existen los hombres más ilustrados y liberales de Sudamérica, pero la dificultad está en descubrirlos. El temor a los graves castigos los hacía disimular sus ideas”. No hubo, como puede leerse, en su persona una aversión completa hacia los hombres de fe.

Por supuesto lo anterior es lo que podemos definir como la versión oficial de las historia de la logia y su particular mentor, Francisco de Miranda; bajo la superficie el relato crece y se extiende en una geografía donde los limites no solo son difíciles de definir, sino que derechamente no existen. Miranda nació en Caracas en 1750 en el seno de la familia de un rico comerciante que de inmediato educó a su hijo en las artes de la ilustración y la lectura, haciendo del muchacho un temprano intelectual cuya curiosidad y necesidad de conocimiento propició que, en plena adolescencia, consultara textos y filosofías  que no eran precisamente del gusto de su familia y, sobre, de sus educadores religiosos. Sacerdotes católicos advirtieron al padre de Miranda que el joven estaba buscando la compañía de pensadores peligrosos y leyendo textos contrarios al a educación cristiana.

A los 14 años, Francisco de Miranda sufrió la primera quema de libros, un dolor que, sin embargo, fue curado por la seguridad de que lo aprendido en esos textos ya habitaba en su cabeza. Tres años después fue enviado a España a terminar su instrucción militar, donde se graduó con maestría en esgrima, ciencias de la guerra y grado de capitán, cargo con el cual el ejército del rey lo envió a Pensacola, Estados Unidos, como parte de las fuerzas hispanas que apoyaban al general George Washington en la guerra de Independencia contra los ingleses. Es aquí cuando surge en el joven oficial la idea de convertir Sudamérica en un espejo del proyecto de Washington, unos Estados Unidos del sur, libres de la corona española. Sin embargo, pronto cae en la atención de la Inquisición, que lo investiga por su lectura y colección de textos prohibidos y por su fascinación por dibujar desnudos femeninos, que lo llevan a ser acusado de promover obscenidades. En 1782 llega la orden de apresarlo y regresarlo a España, pero él escapa y se refugia en Filadelfia.

En 1783, Thomas Jefferson, amigo muy cercano de Miranda, se encargó de iniciarlo en la masonería y lo invitó a ser parte de una orden aún más secreta, de la cual formaban parte el general Washington y otros intelectuales estadounidenses como John Adams y Benjamín Franklin, los cuales eran llamados Illuminati del Nuevo Orden o del Nuevo Mundo; es en ese contexto donde comienza a fraguar su sueño iniciático de un “gran señor de la luz”. Miranda es, además, el secreto impulsor de la carrera presidencia de Washington, a quien bautiza en lo que el venezolano llama “Rito del poder”, del cual el general estadounidense era el único que podría ser parte, dado su origen vinculado a la nobleza criolla estadounidense.

En 1785 Miranda regresa a España, nación que lo declara proscrito y ordena su detención. Escapa e inicia una aventura por Holanda Prusia, Italia, Francia, Turquía y Rusia, donde es considerado ciudadano protegido por el Príncipe Potemkin. En este periodo es invitado a Baviera por Adam Weishaupt, fundador de los Illuminati europeos, quien había creado el movimiento como respuesta a los norteamericanos para así garantizar el control de la economía del Viejo Mundo. De Weishaupt, el venezolano abraza la idea de que la iluminación no solo es intelectual, sino también política, y sobre todo, económica. Es así que recurre al primer ministro inglés para presentarle el proyecto de la Nueva Colombia ofreciéndole —a cambio de su ayuda contra la corona española- el monopolio del comercio en la nueva nación federada que iba a surgir en el Nuevo Mundo. El plan es finalmente desechado, por lo cual Francisco vuelve a recorrer Europa, refugiándose en Francia, donde acaba apresado en el proceso de la Revolución Francesa, compartiendo celda con un joven Napoleón y salvándose de la guillotina gracias a una oportuna confusión de nombres. Tras arrancar de Francia, Miranda viaja al norte de Italia donde encuentra a su “señor de luz” —su Lucifer privado- en los relatos de la aparición de un ser de luz cerca de Palermo, el cual según un culto local era espejo de la señora luminosa que había aparecido por primera vez en el cerro de Al-Karem en Israel y a la que la Iglesia Católica había cristianizado como Virgen del Carmen.

Hacia 1798, Francisco de Miranda regresa a Londres como profesor de estrategias de guerra y esgrima en la academia Richmond, donde empieza a tomar contacto con jóvenes criollos latinoamericanos como Bernardo O'Higgins, José de San Martín y su amigo Simón bolívar. Recordando la experiencia de los Illuminati de Jefferson, el venezolano une a su pupilos en su propia versión de este grupo al cual, para diferenciarlos, llama Caballeros Racionales o Brillantes, bautizando luego a la logia como la Gran Reunión Americana y finalmente, tras los relatos del chileno Bernardo O'Higgins sobre la guerra de Arauco, como Logia Lautarina o Logia de Lautaro. Y son estos jóvenes caudillos, más otros que fueron sumándose con el paso de los años, tanto en Londres como en Cádiz, y Buenos Aires, los que concretaron el sueño del venezolano universal: dar libertad a Hispanoamérica y consagrar la hazaña a la devoción del Señor de la Luz de la Iluminación, o como se ha conocido desde entonces: la virgen del Carmen. Traicionado por su propio hermano, Simón Bolívar, Francisco de Miranda fallecería en San Fernando, España, en 1816, un año antes de que sus pupilos más queridos —Bernardo O'Higgins y José de San Martín- cruzaran los Andes en un rito iniciático dedicado a la Señora del Carmen. El plan para la Gran Colombia o a los Estados Unidos de Sudamérica fue tomado posteriormente por Simón bolívar, pero su rivalidad con los hermanos Sucre, San Martin y O'Higgins impidió que el gran proyecto del fundador de la logia se concretara, limitándose a una nación federal fundada en 1821 y que unió a Panamá, Ecuador, Colombia y Venezuela durante una década. Luego, los celos internos levantaron las fronteras y cada país participante continuo su carrera como nación independiente y soberana.

Aunque no hay consenso absoluto sobre los miembros de este grupo, en listas e investigaciones suelen repetirse los siguientes nombres: Francisco de Miranda, José Antonio Sucre, Santiago Mariño, Andrés Bello, Luis López Méndez, José cortes de Madariaga, francisco Isnardi y Simón bolívar, de Venezuela; José María caro, de México; Bernardo O'Higgins, José Miguel Carrera, ramón Freire, camilo Henríquez, Manuel blanco encalada, de Chile; Juan Pablo Fretes de Paraguay; y José de san Martin, José Matías Zapiola, Carlos de Alvear, Bernardo de Monteagudo, Gervasio posadas, domingo French, Tomás Godoy cruz y tomas Guido, de argentina.

(Ensayo del escritor chileno Francisco Ortega, publicado en su novela "Logia", 2014)

lunes, 20 de julio de 2020

Patriotismo imaginario o nacionalismo adimensional: las caras de una moneda fiduciaria

El violento hervor que se acumula y compresiona dentro de una olla a presión erosiona a su paso como aquella teoría celeste que dicta que cuando dos cuerpos colisionan generan una energía de clase colateral. Así nuestras emociones mal canalizadas se comportan de similar manera cuando el “sentido común” oficia de comisario bajo criterios impertinentes engendrando una bestia incontenible que es lanzada a una sociedad alimentada por el influjo de estímulos hostiles donde la borrasca confunde a propios y extraños.

Los berserker eran guerreros vikingos que semidesnudos y a medio tapar por pieles entraban en combate bajo cierto trance de perfil psicótico prácticamente insensibilizados al propio dolor, tal como describieron Angus Sommerville y Andrew McDonald en su obra “La era de los vikingos” del 2010. Tanto así podemos graficar distintos comportamientos y razonamientos incluso en relajados intercambios entre personas de alta formación académica a la hora de desnudar sus conceptos e indagar sobre las premisas que enquistadas yacen en las paredes del raciocinio que a los vientos pregonan cual heraldos romanos en la que congregaban al pueblo para poner en autos sobre asuntos de interés que impartía el Feudo. Así las cosas la distorsión de la realidad difumada se presenta sobre el prisma desde el que proyectan el mundo.

Común no es el sentido per se, sino que el rebaño del que se guarecen recrean una serie de normas y creencias de corto alcance que les brinda protección de un mundo que no comprenden en demasía y del que temerariamente arriesgan su diagnósticos desde una rigurosidad científica que bien podría compararse con el procedimiento que pone sobre la tabla un catequista que razona dentro de límites dogmáticos tal como lo realizan los economistas “modernos” que se aferran a preceptos y premisas que nacieron muertas de teoremas que nunca encajaron en ninguna realidad ni consumada ni a proyectarse. Curiosa es la energía que se empeña en “separar la iglesia del Estado” pero la base científica de la que desandan sus inquietudes parecieran alinearse más hacia un resguardo psicológico que uno razonable en base a lo empírico.

La economía en general que deambula desorientada sobre las banquinas de rutas de fibra óptica pareciera estar buscando un sitio donde fenecer, mediado esto por estocadas mortales desangrantes a un cuerpo enteléquico del que se idealiza por encima de las consideraciones lógicas y prácticas arrulladas en posición fetal perdiendo la noción de contexto actual e histórico en la que sobradas experiencias carecieran de valor alguno para los autoproclamados pensadores, aunque éste último concepto se aleje a paso lento y constante de su etimología conforme pasa el tiempo desde que la moneda de cambio universal, el dólar, carece de respaldo tangible y/o genuino alguno esfumándose de entre los brazos del sistema productivo que requiere todavía más proteínas que antes, y donde el mundo redsocializado pareciera ignorar y sumirlo a un segundo plano tras el elixir informático de la tecnología, la economía del conocimiento y otras yerbas.

Ser duro con el problema y blando con las personas nos lleva indefectiblemente a tirar de la punta de ovillo y desnudar la inocencia de los planteos que arropados por preceptos de plano idílico de cuento de hadas la competencia es perfecta, los costos logísticos nulos y las personas se comportan como autómatas y pasan a ser simples códigos binarios como una especie que yace vegetativamente, cuando lo único predecible es el comportamiento irracional y la única certeza reinante es la estupidez humana que tan frágil se resguarda sobre los hombros de otros tantos pares que detrás de un domo de cristal se congregan para reflexionar el mundo no sin antes refrendar sus argumentos basados en el empirismo cotejado en Netflix 24 x 7. Si la preocupación de ciertos círculos pensantes es el abuso de doctrinas francesas, suecas, inglesas y alemanas en las áreas de la ciencia social, imagínese usted cuando todo esto es reemplazado por los guiones de las producciones hollywoodenses.

La carrera armamentística y la coquetería entre las potencias mundiales respecto del avance tecnológico o la capacidad de patentamiento son simples piezas de un rompecabezas que sólo requieren de una mesa adecuada que contenga las dimensiones de semejante ilustración de fuerzas que ni el cielo mismo alcanzaría si cada jugador pusiera las fichas sobre la mesa de una última guerra mundial en puerta mientras el espectador pasa el tiempo en determinar si el líder chino levantó más o menos una ceja cuando le respondía a su par norteamericano en una supuesta contienda comercial de la que la periferia somos víctimas y de donde nuestros cipayos locales nos incitan a enamorarnos como síndrome de Estocolmo de nuestros verdugos foráneos que desangran nuestros recursos y capacidades por las venas fluviales de nuestro Paraná que ve en primera persona pasar mercadería mal pagada a cambio de espejitos de colores. Aquello de que el dólar no va más porque se deprecia o puede depreciarse nos lleva al periodo 1970-1978 donde como consecuencia de la crisis del petróleo y la disputa financiera de los países árabes al sistema monetario internacional llevó a depreciar la moneda estadounidense en un 33%, en otro 33% entre 1985-1988, y un 28% entre el 2002 y el 2011. El portal canadiense Global Research calcula unos 20 millones de muertos por Estados Unidos desde la Segunda Guerra mundial de forma directa e indirecta a lo largo de la Guerra Fría, y las de oriente hasta la actualidad. Claro, sostener un sistema así no se logra mediante el “diálogo” liso y llano, y no en vano se harán las demostraciones de fuerza cuando vemos lanzarse misiles “de prueba” de cada lado del planeta.

Pretender que una depreciación del dólar signifique el principio del fin de la hegemonía norteamericana es no haber comprendido el párrafo reciente o al menos relativizar los posibles efectos colaterales de un cruce beligerante imaginando quizá resultar ilesos por posición geográfica, para lo que también además implicaría no entender las más mínimas lecciones de la estrategia militar y de dominio que a través de la injerencia silenciosa las potencias han mantenido con sus ex colonias a través de la presencia de sus gerentes en los parlamentos, o sus gerentes directamente en las cómodas butacas de las multinacionales que esparcidas capilarmente se ubican tácticamente en diferentes nodos productivos del que fluye la mercadería a granel y la de alto valor agregado, claro, el valor se lo quedan ellos mientras los lacayos distraen con falsas teorías de que vendiendo barato a expensas del bajo salario se termina vendiendo más. Vale recordar que cuando Inglaterra llegó a la India en el siglo XVIII ambas naciones representaban cada una alrededor del 20% del PBI mundial (es decir, un 40 y pico porciento entre ambas naciones). Cuando el Viceroy de la Corona inglesa Louis Francis Albert Victor Nicholas Mountbatten le entrega el mando a Mahatma Gandhi, la India representaba el 2% del PBI mundial. El precio de la “civilización”.

Es extraño suponer que el patriotismo signifique cantar con más o menos fuerza el himno nacional, o que el nacionalismo sea oligopolizado por un puñado de personas que comen seguido y se congregan en plazas agitando banderitas proclamando alguna idea de “libertad” clamando por la mano invisible de Smith. Quizá algún día comencemos por el principio y como en cualquier clase seria de cualquier ciencia social se empiece por ponernos de acuerdo con los términos y conceptos a desandar en el aprendizaje y tal vez allí podamos redefinir los alcances del dominio, de la injerencia, y saber qué significa tener “voz y voto” en un directorio empresarial y saber que si el capital no tiene nacionalidad, que una empresa esté radicada en un país no signifique necesariamente que las decisiones se correspondan con los intereses nacionales del mismo.

jueves, 9 de julio de 2020

Acumulación de capitales y la concentración en Estados no-Nación: la nacionalidad del capital


Difícilmente pueda llevarse a cabo la premisa de la acumulación del capital cuando la voluntad de su tenedor se antepone como derecho humano por sobre la lógica de la preservación de la salud de la comunidad en su conjunto. Cualquier planteo socioeconómico fundamentalista entra en jaque dentro de un embrollo que no tiene punta de dónde tirar.

Los estándares que movilizan las decisiones individuales son promovidas incluso por la creencia del mismo individuo que propaga una noción sobre las cosas que lo terminan sujetando a la suerte de su propia acción, casi como la profecía autocumplida que cada vez retorna con mayor velocidad dado las herramientas informáticas comunicacionales que imposibilitan repetir aquello de las palomas que proveyeron de la fortuna de los Rothschild.

Lo cierto es que a medida que la masa de asalariados acumula pequeños ahorros y los estímulos los conducen a decisiones arriadas, el destino del volumen acumulado se termina por diluir en canales antiproductivos de ahorros que por sonidos ahuyentagolondrinas se fugan del sistema y se reclaman en ganancias financieras que sólo hacen depreciar la producción real oprimiendo sobre el stock de dólares y depreciando los precios/salarios relativos en dólares para reducir todavía más el poder adquisitivo absoluto y con esto, claro, la masa de consumo que es lo que retiene capitales extranjeros de retornar a la casa matriz de sus empresas en concepto de remesas.

Por otra parte, si desde el Estado y a través del Banco Central se opta por seducir al inversor mediante altas tasas de interés, entonces se vuelve más atractivo esperar por un retorno de tasa de interés en concepto de plazo fijo que consumirlo en productos de fabricación nacional cuando al mismo tiempo el mismo Estado no restringe el acceso de mercadería de importación obligando a competir al local vía precios pujando por la baja relativa de la carga salarial ya sea reduciendo el mismo, ya sea despidiendo o subiendo los precios nominales o todo al mismo tiempo que es lo que a cuentagotas termina ocurriendo.

Repasando, si del Producto Nacional se fuga una alta masa de dólares al mismo tiempo que se abren las importaciones, el capital nacional se esfuma desinvirtiendo en producción volcándose a las finanzas a expensas de lo que sea no importa que los instrumentos financieros impliquen apostar contra el Estado Nacional, y el capital extranjero reduce sus inversiones y gasto en divisas localmente puesto que vende menos internamente por la reducción generalizada del poder adquisitivo, volviendo menos competitiva su inversión por los costos medios que implican una inversión a escala que justifique radicarse aquí, ya que la mano de obra no se encuentra tan barata como la asiática (excepto Japón y Corea del Sur) con salarios de subsistencia, ni el poder adquisitivo es tan importante como el que se encuentra en la Europa occidental por los altos salarios, mientras la lejanía del cono sur latinoamericano encarece el traslado tanto de la materia prima que viene importada como del bien final a exportar. Aquí es donde entra en juego la primarización de la economía exportadora, ya que se vuelve más rentable apostar por la actividad primaria y a grandes volúmenes y que emplea poca mano de obra, y de donde la proporción de tributo local es relativamente menor que la actividad productiva y de la que las retenciones por convenio suscrito ante la OMC no puede exceder del 35 por ciento en calidad de retenciones.

Si del compromiso de pago de deuda externa estimando una carga relativa al Producto en el orden del 20 por ciento, asciende al 100 por ciento y cuando sincronizadamente el Estado decide reducir la recaudación de divisas por eliminación de retenciones hacia los productos de exportación, entonces la capacidad de ahorro/stock de dólares de las Reservas se ven relativamente debilitadas volviendo vulnerable las Cuentas Nacionales frente a eventualidades futuras, alterando esto las calificaciones y disparando los riesgos de default puesto que hay menos dinero para pagar más deuda (no es difícil de augurar), entonces los capitales o potenciales desistirán de invertir en una economía que enferma generando revuelo en las bolsas y comenzando el efecto dominó de desinversión donde se activa el protocolo social involuntario del “sálvese quien pueda” resucitando una y otra vez las lecciones de Lord Maynard Keynes de la Ley Psicológica Fundamental acelerando el proceso recesivo a ritmo vertiginoso.

Cuando una persona adquiere un vehículo además de la transacción monetaria debe adecuarse a una serie de lineamientos de carácter formal y fiscal, de la que obtiene documentación de dominio y reconocimiento de bienes bajo instrumento público y de la que goza de protección y garantía constitucional. Claro que en la documentación que prueba dominio se denomina al bien y al sujeto estableciéndose así el vínculo legal que acredita titularidad. Similar proceso ocurre con la adquisición de inmuebles. Sin embargo el dinero llamado también como “moneda de curso legal” consta de un papel certificado y garantizado por el Banco Central de cada país, aunque no declara mismo vínculo entre persona y cosa, pese a la probatoria de legitimidad en tanto y en cuanto la trazabilidad que sólo la bancarización permite, cuando el dinero sale a la plaza, o a la calle para ser más preciso, se convierte en un paria, huérfano sujeto a la ley del más fuerte (o del mejor protegido) frente a eventualidades de una sustracción, mediante hurto o robo que al mismo tiempo imposibilita la garantía constitucional que ostenta el vehículo o el inmueble ya que el billete tiene un código de serie que vincula con su emisor pero no vincula con la persona que dice poseerle. Es decir entonces que podemos atribuirle origen al dinero en cuanto a Institución emisor del país o bloque económico/Estado que refiera pero no encuentra restricción de movilidad internacional más que algunas impuestas por distintos Estados o Gobiernos. Como el dólar es la moneda de transacción mundial, sus tenedores buscan preservarlos donde encuentren mayor comodidad volviendo al capital apátrida sin Nación. He aquí la offshorización global.

Si por otra parte no replanteamos los conceptos inter-nacionales hablando estrictamente del relacionamiento entre las Naciones por los intereses respectivos, estaremos firmando pactos leoninos puesto que desde siempre prima la doctrina Washington de “intereses con todos, amistad con nadie”, reconociendo que las relaciones sólo deben darse cuando la pérdida es relativamente menor que con otro y siempre y cuando no exista un sustituto que nos provenga de resultados más ventajosos. Puesto que el dólar no tiene nacionalidad, da igual si proviene de Arabia Saudita, de la India, de Canadá o de Surinam en tanto y en cuanto el egreso de los mismos no nos resulte a largo plazo un deterioro de nuestras arcas nacionales. En efecto, las viejas conquistas se daban entre tantas razones por expansión territorial, por prevención ante un avasallamiento, para la obtención de recursos de otras latitudes, o por simple juego de dominio, entre tantos otros que desde que la Banca se institucionalizó desde pasado el doceavo siglo posterior a Cristo el intercambio de dinero (en cualquiera de sus formas) implica el traslado de los recursos (a través del comercio) y la sumisión de compromisos a futuro (a través de empréstitos y deuda) por lo que la soberanía se termina lavando a través de solemnes actos protocolares y de supino glamor que pone de rodillas a una de las partes de forma pacífica, no beligerante.

Endeudarse supone sumisión, y vender a precio irrisorio implica ceder recursos en detrimento de uno a favor del otro (puesto que suma cero) y lo demás es verso. Así las cosas, la independencia se firma con la autonomía, la autarquía, el consumo a cambio de menos y la sustentabilidad a largo plazo, y todo aquello inversamente a esta dirección es, pues, colonialismo.

martes, 19 de mayo de 2020

La hambruna de Bengala

"Si malo es el gringo que nos compra, peor es el criollo que nos vende"

Churchill y la hambruna de Bengala: la especulación de siempre, el hambre de ayer y hoy

El economista y Premio Nobel Amartya Sen afirmó que no había escasez global de arroz en Bengala en 1943: la disponibilidad era algo mayor que en 1941, cuando no había hambre.​ En parte fue esto lo que condicionó la lenta respuesta oficial al desastre, ya que no habiendo pérdidas de cosechas, el hambre era inesperada. Una de sus causas fundamentales, sostiene Sen, estaba en los rumores de la escasez que provocaron el acaparamiento y la inflación de los precios causada por la rápida demanda en tiempo de guerra que hizo que las partidas de arroz fueran una excelente inversión (los precios ya se habían duplicado respecto al año anterior).

En la interpretación de Sen, mientras que los campesinos propietarios de tierras en donde creció el arroz y los que trabajaban en las industrias de las zonas urbanas y en los muelles vieron cómo sus salarios se elevaban, se condujo a un cambio desastroso en los derechos de intercambio de grupos como los campesinos sin tierra, pescadores, barberos, descascarilladores de arroz y otros grupos que encuentran que el valor real de sus salarios había sido recortado por dos tercios desde 1940. Churchill impidió aliviar la carga a la india, y la aumentó, las industrias indias fueron reconvertidas para ayudar en la manufactura de armas y uniformes a las tropas en África y la frontera con Japón. Esto dejó sin industrias de primera necesidad a las grandes ciudades Indias, lo que sumado a un aumento en los envíos de granos, provocó el colapso. Al estar las fábricas ocupadas en armamentos, bienes como herramientas agrícolas y ganaderas estaban en escasez. Esto contrajo la producción agrícola y al no poder entregar la cantidad de granos que los Británicos pedían producir, los terratenientes indios entregaron los almacenes de comida locales. Al haber menos granos disponibles en los comercios, el precio se duplicó mientras los sueldos con el esfuerzo de guerra se congelaron por 5 años. Esto causó que en 1943 murieran 2 millones de personas en la peor hambruna de la india del siglo XX. En pocas palabras, a pesar de que en Bengala había suficiente arroz y otros granos para alimentarse, la gente no tenía suficiente dinero para comprar.

jueves, 22 de marzo de 2018

La complicidad, la connivencia


Conquistar tierras mediante el conflicto bélico, la toma por la fuerza y la invasión se constatan como el vetusto manual de imperialismo que aun en tiempos de Sun Tzu resultaría arcaico si el mismo tuviera twitter y la fusión de Cablevisión-Telecom.

Lo cierto es que el asedio audiovisual se ha perfeccionado desde la Segunda Guerra Mundial como herramienta de disuasión y convencimiento y toma de partido por parte del ciudadano de a pie en cada rincón del universo. No por nada, en aras de la reconstrucción europea y su subsiguiente consolidación, una de sus más acertadas reformas fue justamente la regulación de los Medios Audiovisuales como medida de prevención de la falaz “libertad de prensa (privada)” respaldada en la creación de la Sociedad Interamericana de Prensa en la colonizada Cuba de 1943.

Si entendemos como definición de la economía como aquella ciencia que estudia el comportamiento del ser humano frente a recursos escasos, bien podemos deducir que deriva de una ciencia de corte social donde la psique del ser humano en forma colectiva dinamiza los efectos generales de la economía. Pues, si a lo reciente le agregamos como variable el hecho de la supremacía audiovisual del imperio a través de sus complejas redes de acciones, grupos societarios y sociedades anónimas donde el dueño es siempre el mismo interesado, podemos comprender lo tendencioso que puede resultar siempre cada movimiento que el “periodismo independiente” realiza frente a la luz roja de led que le indica estar “al aire”.

El fin primario y único del imperialismo, el capitalismo y sus derivaciones es siempre la siguiente: someter a los otros y trabajar para uno. Y si no es posible que lo haga gratis (como en China), que lo haga lo más barato posible. Entro en un país, altero su política, abarato su mano de obra, y me traigo sus recursos mientras los entretengo con netflix y algún que otro comediante de turno que habla de la política “actual” ridiculizando y banalizando todo como para desactivar cualquier intento de movilización ciudadana.

Si a estos magros resultados del imperio de abaratar nuestro trabajo y disminuir el potencial cognitivo de la sociedad resumido al grado “millennial” le inoculamos una reducción de exigencia y calidad educativa en cada uno de sus niveles para “adaptarse a los tiempos” a sabiendas del estrepitoso resultado generacional, pues el cuenco está servido y sólo falta que nos instalen la cultura de comer arrodillados a una mesa ratona.
 

jueves, 19 de agosto de 2010

Sobre la política y la filosofía

Es normal en tiempos que corren, en la cuenta regresiva hacia las elecciones presidenciales, en pleno apogeo de las más absurdas recurrencias psico-somáticas –y más adelante veremos por qué- que persigue los confines surreales del cognitivismo humano. Per se, el individuo como ser activo de la sociedad –directa o indirectamente- se ve severamente acorralado entre la información y la pared.
Decimos, que se libra una batalla en la arena emocional, donde la psiquis se viste de contradicción y prefiere portar una máscara para mimetizarse con el ambiente, que a someterse al pre-juzgamiento social sin que el primer individuo pre-y post juzgue a sus propios jueces.
Luego de esta confusa alteración de órdenes que no llevan hacia ningún lado –de plano utilitarista, sólo existencialmente- podremos determinar que el ser humano promedio se ve severamente influenciada bajo los pasos a seguir que el gigante y apócrifo némesis llamado “medio de comunicación” marca al comienzo de cada día, y cierra cada noche.
Vemos, que las contradicciones humanas se dan de plano intrínseco, mediante el cual la razón y pues, la lógica, se enfrentan con la racionalización del pensamiento que estampa la cultura en el desarrollo de cada ser humano.
Bastará tan solo, con el simple ejercicio de repreguntarse el por qué de las cosas, para desmenuzar una afirmación que se establece en el seno de la colectividad, para arribar así hasta los orígenes que componen el silogismo y la matriz de cada “verdad” que se instala.
Con todo, suponemos que en cada derivado de las ciencias sociales, y por tal, no existe tal verdad absoluta, sino más bien, la profundidad en la búsqueda de la verdad misma. Ipso facto, cada individuo desde su postura, tiene dos posibilidades:
Una, aceptar la verdad de otro individuo y tomarla como propia, esto se llama “creencia”.
Y dos, reconstruir su propia verdad, conjugando las premisas, con las creencias, y éstas fundiéndolas con la verdades, a las cuales las tomaremos como empíricas –es decir, lo que efectivamente sucedió y no se puede negar- para dar lugar así al propio “conocimiento”. Esta conjunción, es lo que da lugar al conocimiento en ciencia social, es decir, la “epistemología” –como bien planteó Platón -Teeteto, 202, b-c-.
Al limitar el espectro cognitivo a tan solo estas dos posibilidades, podemos suponer que cada afirmación queda sujeta a las creencias y supuestos que se instauran y acoplan sucesivamente a cada paso del tiempo.
Actualmente, limitar las afirmaciones en asuntos de política, al simple ejercicio de creerlas y reproducirlas en efecto dominó, es casi un error tan grave como la propia consecuencia que trae la ejecución de un plan perverso. Entonces, equiparamos la misma consecuencia de dos causas diferentes. Por un lado, la ignorancia y por otro, la perversidad.
Si lo que se pretende corregir es la consecuencia actuando ex-post, las causas serán constantes, sistémicas y síncronas, pues, el ser humano es dinámico, y los supuestos económicos trabajan estáticos bajo determinadas premisas.
Cabe preguntarse y repreguntarse ante cada afirmación, los fundamentos de la misma, y repreguntarse mediante un simple “¿por qué?” para encontrar el eslabón perdido que nexa entre las teorías y el fin mediato –véase también como “interés”- ya que los albores de cada elemento que se pretende transmitir, consta de un interés –sea de la calaña que sea- pues, los acontecimientos en sociedades numerosas, son tan infinitos como los diversos enfoques que cada persona pueda dar a la situación que percibe. De esto se desprende, que lo que se transmite sorteó previamente, una serie de filtros. Esto es “Costo de Oportunidad”.
El hostigamiento permanente del intelecto, acuñado perversamente por los prejuicios inculcados en el desarrollo y realización del ser humano desde su niñez, propende a incubar en la auténtica integridad individual, una imagen y una matriz lógica que no se condice con los resultados del simple ejercicio de la auto-cuestión. La lógica propia se torna antagónica con ese falso sistema de razonamiento.
Decimos que el sistema de razonamiento es falso, porque es impuesto a la fuerza, desplazando la genuina capacidad razonadora.
Al momento en que el ser humano constata que no existe correlación entre la verdad que le pretenden hacer creer, con la verdad que él mismo es capaz de elaborar. Por tal, ante el perverso castigo con el que es sometido cada individuo en la sociedad, es decir, el “prejuicio”, esto último es el principal impedimento hacia la realización espiritual del ser humano.
Así como las creencias que se instauran en la sociedad, cada intento por ignorarlas y desafiarlas, resultan de “rebelión” ante el rebaño. La persona, como ser gregario, es quien debe ser sometido –o lo someten- al juicio para con el resto de la comunidad, hasta tanto sus conceptos sean aceptados por el resto, independientemente del ejercicio individual y auténtico de cada ser que conforma “el resto” por sentar a rigor científico, cada creencia que le vino dada.
Digamos entonces, que el “sentido común” carece de comprobación empírica que aproxime a una “verdad” más convincente, si se basa en creencias.
Retomamos entonces, que el ser humano para convivir en sociedad, debe encuadrarse en los preceptos del huso común, aun así cuando su propio pensamiento contraste directamente con lo estipulado.
Es decir, que la persona por la simple necesidad de “encajar” se ve obligada a interpretar y asumir un papel y rol que carece de pertinencia con su propia integridad, lo cual emocionalmente terminará por implotar. Esta eclosión interna, de plano existencial, es lo que somatizará –como citamos al comienzo- si no es apaciguado por la voluntad de imponer una nueva verdad: su verdad.
De todas formas, si la respuesta recibida ante el cuestionamiento de las “verdades” en materia de ciencia social, digamos, preguntando “¿por qué?” al individuo que porta dicha “verdad”, es: “porque sí” entonces no quedará más remedio que librar una batalla, no por imponer nuestra propia verdad, sino por lograr que este portador de supuestas verdades, deje de lado la creencia –racionalización del pensamiento- y de paso a un tortuoso ejercicio de pensamiento puro y de plano empírico.