Prima como máxima del mundillo de
las finanzas que “a mayor riesgo, mayor tasa de interés”.
Como ejercicio didáctico en
reiteradas ocasiones he comenzado una clase por analizar enunciados que en las
ciencias sociales de corte económicas
albergan más de un simbolismo a considerar. Siguiendo esta línea continúo por
observar cómo reaccionan ante lo que a prima facie pareciera resultarles, como
mínimo, singular. Algunos de ellos experimentan sensaciones de encuentro cuando
en el vaivén de sus mentones los veo asentir lentamente como quien experimenta
la sinapsis, trazando lunares y encontrando formas en un juego mental quizá
novedoso.
El lenguaje tal como lo conocemos
y utilizamos habitualmente se encuentra cuando menos atiborrado de falacias que
son replicadas como retuits’ a
inconsciencia cuando el propósito originario del emisor primario fue justamente
ese, que ante una reacción –no importa cual emoción despierte- no haga otra
cosa que difundir el mensaje, cuando el mensaje se encuentra compuesto por una
imagen y determinadas expresiones que encienden las alarmas del cerebro.
En definitiva, la mecánica de
lograr que los individuos pregonen un mensaje como consecuencia de una reacción
ya es habitual, con la novedad de incorporar una imagen de una persona con
determinada expresión facial y una frase que sumado a ese coquetear con la
gesticulación –hoy devenido a “meme”- termina por generar un impulso en el
espectador. ¿Qué tendrá que ver todo esto con la seguridad jurídica? Ahora
iremos hacia allí.
Durante años, los medios de
comunicación argentinos alineados a intereses corporativos que pertenecen a un
entramado piramidal apátrida –ya que el capital no tiene nacionalidad- bajan líneas como en formación 4-4-2
donde dependiendo de la audiencia en determinada franja horaria, los locutores
de radio y/o televisión modulan su lenguaje según al público que se dirijan,
exactamente como una estrategia de colocación de productos bajo clásicos lineamientos
de estudio de mercado. Ahora bien,
cada día los operadores de medios de comunicación determinan a lo largo del día
instalar uno o dos conceptos con
acepciones definidas y específicas con ánimos de que perdure en un futuro medio
reverberando en los pasillos de nuestra mente.
La “seguridad jurídica” se define
como un principio de derecho basado en la certeza
del derecho previsto como prohibido, ordenado o permitido por el orden público. En un sentido práctico a
lo que vengo a significar con esta metódica de la instalación del concepto de
seguridad jurídica instalada por los medios, conllevó y conlleva un trasfondo
de sesgo oneroso que a calzón quitado viene a entenderse como las ganancias
empresariales garantizadas por el Estado Nacional sin miras de un
posible cambio futuro lo que asegure lo que se entiende también como statu quo.
En uno de los tantos encuentros
con diplomáticos que en la función de quien les habla resulta frecuente, el
Consejero Económico en representación de su país, por caso, uno de los países
de mayor calidad de vida del mundo, nos aseveró que su empresariado promedio
–servicios y/o producción- suele esperar 4 o 5 años para comenzar a
beneficiarse de mayores rentabilidades. Lo curioso del relato no es lo que a
reacción de un ciudadano del subdesarrollo signifique esperar 4 años para experimentar
altos beneficios, sino la naturaleza de aceptar eso como válido o normal. Lamentablemente para mí, muchos
de los que pululan en derredor no comprenden el alcance del contenido del
mensaje al que me refiero, ante lo que reaccionan con una sonrisa socarrona
buscando complicidad con sus pares, como algo como mínimo, irónico.
En la cultura popular argentina
se recurre a determinadas expresiones que evocan una situación histórica y que
tiende a repetirse una y otra vez, pensemos por un momento en dichos populares,
proverbios, refranes y etcétera, donde por ejemplo utilizamos el concepto de “fantasma”
como algo trágico ocurrido y que se encuentra latente a punto de repetirse en
un futuro no muy lejano. Por ejemplo en épocas de crisis económicas la
Argentina ha experimentado hiperinflación
(1989), estanflación, corralito, saqueos (2001), devaluaciones (1958-1962-1975-1981-1989-2002)
que cuando la opinión publicada por medios hegemónicos busca instalar una
situación negativa apela sistemáticamente a preludiar con su tinta de sangre “el
fantasma de…”.
En una época reciente, bajo la
premisa enunciada en el párrafo precedente, se utilizó con frecuencia apelar al
fantasma del riesgo país que azoró en épocas de flaquezas y debilidad
estructural financiera, de liquidez y de solvencia en simultáneo, como por
ejemplo en la crisis del año 2001, donde en una economía enferma la estructura
financiera argentina pendía de un hilo sostenido por el delgado nivel del
riesgo país que determinaba un sistema de puntuación de credibilidad y certeza
de pagos de obligaciones contraídas. Es decir, que no es lo mismo tener 800
puntos de riesgo país en el 2001 que en el 2014 donde la argentina
experimentaba aún un superávit comercial de años, y reservas internacionales netas
provenidas de esa acumulación de divisas generadas por las exportaciones que
superaron las importaciones a lo largo de una década.
Sin embargo a lo recién expuesto,
el fantasma del riesgo país patea los neumáticos del camión productivo que
traslada la confianza del consumidor argentino y hace sonar la alarma cognitiva
cuando escucha esos conceptos que yacen cargados y anclados a un pasado
reciente que aún se palpa lozanamente. Lo curioso quizá sea que durante la
economía de expansión de la década 2004-2014 fue embestida sistemáticamente con
el agite de estos fantasmas en aras de propiciar una inestabilidad y así
ofrecer reaseguros lógicamente quedándose con las primas de riesgo por parte de
los interesados locales y extranjeros, cuando estos en la mayor parte de los casos
pertenecen a la misma empresa, con sus filiales desparramadas estratégicamente
a lo largo y ancho del mundo del subdesarrollo.
Hoy, frente a un escenario de
default técnico, con apenas 8 mil millones de dólares de reservas netas, con un
déficit comercial estructurado de 3 años consecutivos, con una estanflación y
desmantelamiento del sistema productivo y extractivo del que ya no se recauda
divisa por quita de retenciones, los medios de comunicación ya parecen no
apelar con mismo ímpetu al concepto de “seguridad jurídica” cuando quiebran
empresas legendarias, y multinacionales experimentan bajas de antología que
debieran de quedar almacenadas en alguna retina de cara a futuras décadas. Habrá
que esperar entonces a que estas cuestiones caigan sorteadas en el juzgado del Bonadío
de los intereses de crecimiento argentino para que se instale debidamente.
Está claro que el argentino
promedio carece de libre albedrío en medio de una vorágine de confusiones donde
se ha vuelto tan pajero que ya ni sabe cuando acaba.
