martes, 3 de abril de 2012

La Educación, la Instrucción, y los Modales


Bien podría comenzar por describir una situación de interacción entre más de un individuo donde se pueda polarizar lo que es un código de conducta ético y moral, entre una alternancia de términos que se utilizan para describir una realidad, y lo que es el acatamiento de información propagándola sin cuestionarla –llámese creencia-.
Es decir, que implícitamente señalamos alguna breve descripción de cada situación.
Lo cierto es que en sociedades sectorizadas por clases de diferentes poderes adquisitivos, el statu quo pernocta en el cinismo que alberga una actitud de quien impone el camino al “desarrollo” o más bien “civilización” del cual imponen barreras culturales como una zanahoria en un hocico que nunca alcanza.
En efecto, la elite protegida por el derecho a la propiedad privada, se arroga la titularidad del modelo a construir, como bíblicos epígonos irrevocables e indiscutibles.
Por contraste, las barreras culturales que impone la elite, implica el cercenamiento de realidades, inculcando la universalidad de la terminología, no ya desde un punto de vista práctico y tangible como la descripción de un objeto que entre los seres aprecian y acuerdan una acepción, sino sobre lo metafísico, lo intangible y lo subjetivo de situaciones que requieren de cierta cautela a fin de compartir como verdad absoluta.
Distinta es la realidad de la Educación per se, ya que la semántica implica el análisis del contexto en el que se desenvuelve una realidad, donde la cientificidad conlleva inexorablemente al sometimiento a rigor de los supuestos, contrastados con la comprobación empírica para afinar una parcial realidad, aggiornada por el poder de convencimiento que enuncia un mensaje, o una sentencia.
A todo este palabrerío –apropósito- lo encuadramos dentro de lo que utiliza la elite, no desde de la creación de conocimiento, sino en la marginación social desde los modales y el lenguaje adoptado, refinado, que se torna exclusivo sin reflejar ninguna distinción científica.
Es decir, que lo importante trasciende el lenguaje y las modalidades de comunicación, y se posicionan sobre el resultado distributivo de las riquezas que se perciben en la mano dentro del bolsillo de quien es encuadrado en una clase u otra.
Cuando la elite inculca a la plebe, que la senda para alcanzar tal posición se limita en los umbrales de la modalidad, y su refinación, lo que hacen es disuadir el único camino a perseguir, que es la educación real, a la cual logran arribar evocando la revisión histórica entendiéndola desde su contexto socio-histórico, mutatis mutandis al tiempo y espacio hoy, con las herramientas empáticas sociales para desmenuzar lo estructural.
Por consiguiente, cuando la plebe descubre que seres nacidos de la misma manera, con la misma oportunidad de decidir dónde y cómo nacernula- encuentran una disparidad de oportunidades económicas, reclamando igualdad sin privilegios para nadie.
Cuando se alcanza la igualdad para todos por igual –hipotéticamente- la ambición intrínseca y natural del ser humano aflora, y consensua igualdad de oportunidades –al nacer- y no igualdad de techo de crecimiento económico, evolucionando así desde el imperialismo, al comunismo, y por último al progresismo y verdadero desarrollo socio-económico colectivo.
Por supuesto, que detrás de todo esto, se encuentran un sinfín de sangre derramada y crímenes contra la humanidad como no se tenga imaginación alguna.
Desde ya, que cuando la elite se posiciona sobre el Ejecutivo –la derecha al Poder- instruye al soberano desde las ciencias de la educación, sustituyendo a ésta por la instrucción de conocimiento, imponiendo las corrientes de pensamiento –en este caso, liberales- sin cuestionar sus “[…]supuestos, contrastados con la comprobación empírica para afinar una parcial realidad[..]” disuadiendo al ciudadano de alcanzar su desarrollo socio-económico a través de las reglas de juego que le impone la Carta Magna de su jurisdicción, que, para el caso argentino, la participación política y el compromiso con la modificación de su realidad inmediata, la proyección de presente, y la fantasía –por no poder vivirlo- de dejar un mundo próspero para sus descendencias venideras.
Para finalizar, cuando interactúa alguien de la elite, con alguien de la plebe, el temor del primero por perder su posición socio-económico-hegemónica, lo conduce a la humillación hacia la plebe buscando la desmoralización, para finiquitar la ilusión de reparación y la restauración de un derecho igualitario de oportunidades, logrando un “permiso, me llevo tus riquezas”, “por favor, no pises mi césped” y “gracias por no participar en la política”.

miércoles, 21 de marzo de 2012

In God We Trust

Podría decirse que el título de lo que será este artículo se refiera a una connotación religiosa, cediendo la suerte de lo que nos excede a destinar nuestro destino en las manos de quien sabe qué.

Lo cierto es que muy lejos de la religión se encuentra la semántica de lo que nos inquieta y por lo que quien suscribe –yo- se siente impulsado a desasnar algunas vicisitudes político-económicas que han recaído en las manos del libre mercado, emulando la entidad de un Dios –vaya ironía-.

A decir verdad, desde la concepción misma de las organizaciones religiosas –organizaciones políticas al fin y al cabo- siempre persistió un colorido trasfondo de intereses que negociaron con toma de rehenes, no física, sino metafísicamente.

Por el año 1971, a raíz del “pick del petróleo” y la llegada de barcos franceses repletos de papeles verdes –también llamados dólares- fueron cambiados por oro que yacía en las arcas del Tesoro norteamericano. Es decir, que el patrón oro que se mantenía hasta el momento, fungía de lastre que ataba el crecimiento real a las disponibilidades de oro que existían hasta el momento.

En efecto, luego del abandono del patrón oro el 15 de agosto de 1971, los papeles verdes pasaron a carecer de convertibilidad en bienes reales, y pasaron a depositar su sustento, en las bondades del señor. "In God We Trust" dice al dorso de la moneda norteamericana.

Los billetes ahora convertibles a nada, se convirtieron en moneda fiduciaria atada a la confianza del mundo entero por sobre la producción de los Estados Unidos.

Desde 1971, el mercado financiero comenzó a gestar su crecimiento por encima del crecimiento real de la producción mundial, provocando una transferencia de riqueza desde quien producía, hacia quien especulaba, deteriorando el precio absoluto de los productos, provocando las disputas por la distribución de las riquezas entre el capitalista y el trabajador.

Cuando comienza a decaer la rentabilidad empresaria a raíz del detrimento de sus riquezas, el apalancamiento deriva su sustento y desvía los capitales desde la inversión productiva, hacia la especulativa, configurándose así una sumatoria de micro-realidades, en un resultado macro de contracción económica y caída del empleo mundial, debido a que todos los países jugaban a la balanza comercial excedentaria, restringiendo el ingreso de los productos a sus mercados internos.

No es casual, que a partir de esta década, se comenzara por reordenar la estructura mundial entre el centro y la periferia, donde al segundo le correspondió un “reordenamiento” poco feliz, con la desaparición de 33.000 personas como proyecto de corto plazo, y el terrorismo cultural del Estado para sostener el statu quo como proyecto de largo plazo.


jueves, 2 de febrero de 2012

La soledad no-intelectual


¿Hasta qué punto el ser humano es capaz de rebajar su propia estima? ¿Es acaso una situación emocional la que los lleva a ridiculizarse frente al rebaño, o quizás frente a sí mismos?
De cualquier manera, la avaricia y el temor a no sobresalir por los lineamientos culturales los lleva a detentar contra sus propios intereses en los cuales se ve afectada su propia avaricia. Irónico.
A desmenuzar el quid de la cuestión, nos encontramos con una resistencia emocional que perpetra al desconsuelo de no proyectarse a sí mismos como algo superador, siendo muy por el contrario, una proyección estanca de hasta donde su propia voluntad de cambio le permita arrastrarse.
Cuando la identidad propia se diluye en el espejismo de un ser al que reconocen superioridad –en las disciplinas que se traten-, el primero es quien niega la existencia y la entiende falaz. Falsariamente el cotejo de información lo lleva a toparse con la frustración de saberse imberbes ante el avasallamiento del pensamiento, y no de una sutil manera ininteligible como la creencia que esboza cada uno de sus razonamientos.
Con todo, la miseria existencial que palpan con su propia ira, se los devora en una orgía de devoción hacia la fantasía en la que duermen arropados cada una de las noches que padecen en soledad intelectual.
Difícilmente pueda darse una situación de intelectualidad con la negación en forma de naipe envidando su propio statu quo, a merced del anhelo de la superación en un dilema que consta de crecer ellos, o hacer que el resto decrezca para sentirse en una posición de superioridad alguna. La voluntad cogobierna su suerte, y las desventuras emocionales son reiteradamente recicladas cual déjà vu irrumpe en llanto un estado de quietud amesetada en tanto y en cuanto no se vea alborotada su capacidad de reacción, sea implorando pensamiento o sea vociferando creencia.
Lo cierto es que la negación refugia las culpas, evitando el duelo interno por cuestionarse la ruindad de su responsabilidad en la suerte que le aqueja.
Por consiguiente, así como cuando deshonran a una persona a la que internamente le conceden superioridad, externamente no soportan mostrarse sometidos a su grandeza, y ahondan sus penas en la negación de existencia de tal persona, colocando esta vez a la persona como un medio, y tomando a la ésta suerte de lógica como el fin al que luego aplican sobre la información y el descreo de la realidad que los insta.
El temor por considerarse frustrados, y sumidos a la inteligencia de otro ser, pone de manifiesto que lo que encuentran a todo momento en terceras personas son solo espejos el cual prefieren evitar, escondiendo sus complejos, y desmereciendo la grandeza de las personas, y la contundencia de las ciencias sociales de la cuales son participes indirectos del resultado de su propia realidad.



lunes, 5 de diciembre de 2011

La policía y la simbología del statu quo

“Proteger y servir”
Al parecer, la consigna y/o slogan que pregona una estructura orgánica que depende directamente de los estamentos asociados al republicanismo y a la protección misma de estructuras, poco tienen que ver con la ética y moral que el espíritu mismo del cuerpo policiaco pareciera intentar representar.
Lo cierto es que la “protección” es solo efímera cuando la palabra no se condice con las prácticas que emergen de los aplicativos usuales que se ejecutan desde el seno del Estado, sea este del nivel jerárquico  que fuera.
Por consiguiente, al desfasaje entre la palabra y aquello que se inmiscuye en el relato cotidiano, pasa desapercibido ante la reflexión que sobrevuela los intercambios de ideas o traspasos de creencias que se producen en el núcleo de la sociedad parlante.
Es cierto que la implementación de la policía es ambiguamente tanto necesaria, como contraproducente al mismo tiempo, si lo que se persigue como fin es de corto plazo actuando ex –post, es decir actuando sobre las consecuencias, y no proyectando modificar las bases, es decir, trabajando ex –ante, es decir, sobre las causas de la problemática.
De todas formas, previo al precedente párrafo, es necesario ir hacia lo central del problema, el cual se corresponde con dilucidar lo estructural de lo coyuntural y arribar a la conclusión de que el actuar de la policía comienza cuando se termina de consumar un hecho social, que está directamente relacionado con las condiciones socio-económicas, ya que sucede entre seres humanos, y por intereses de tracto económicos.
Dicho de otra manera, la estructura del reparto de las riquezas se entiende estructural, ya que previamente el derecho a la propiedad privada cercena una porción de los recursos, y los reserva y protege a una elite, en detrimento de las grandes masas.
Es decir, que remontándonos a los registros históricos de las sociedades, los conflictos siempre tuvieron lugar al momento de disputarse recursos, que conforme pasa el tiempo, mutan y evolucionan en función de las ambiciones futuras del ser humano.
Las reglas de juego que enmarcan a una sociedad, se debe tanto a los vacíos legales tanto así como las prácticas que se ejecutan por fuera de la normativa que engloba el comportamiento de las personas como seres humanos sujetos de derechos y obligaciones.
El “robo” se produce como acto de apropiación de propiedad privada ajena, por lo tanto para que exista tal, debe existir la ley de propiedad privada, lo cual carece de relación ética y moral, debido a que la apropiación de recursos es arbitraria y protegida, la cual también no puede encuadrarse en conceptos como “éticos” y “morales”.
Sin embargo, la sociedad juzga al robo, como un acto no ético e inmoral, al mismo tiempo que se corresponde como infracción de legalidad.
Por un lado, quien detiene los actos que infringen la ley, es la policía como primer órgano que lleva a cabo sus prácticas y su voluntad expresa en su accionar, previamente al sometimiento a justicia, es decir, uno de los poderes que el Estado como republicano delega en funciones.
Por otro lado, la Justicia ajusta a derecho las acciones cometidas, o pre-juzgadas por la policía, quien por voluntad propia puede llevar adelante, ya que el criterio subjetivo de éste organismo, se corresponde como facultad delegada.
En efecto, hacer hincapié en la policía como benefactor de la sociedad, es un error conceptual peligroso, que confunde la prevención con la contención, ambos necesarios para sostener un sistema legal como la Constitución Nacional misma requiere para su plena aplicación.
Digamos, que cuando el acto de reparto de riquezas se vuelve injusto debido a la inequidad de oportunidades para seres recién llegados al mundo, vulnerables y necesitados de recursos mínimos de subsistencia y desarrollo, al mismo tiempo que las oportunidades a mediano y largo plazo como incentivo al activismo dentro de los estándares normativos de conductas.
Si se evaluaran las causas de los actos nominados como “delitos” por parte de la investigación que lleva adelante la policía, también correspondería la lógica para la investigación que lleva a cabo la Justicia, ya que ambos relevamientos de “pruebas” son atravesadas por un mismo elemento, el cual es la acción objetiva consumada por los seres humanos.
Sin embargo, existe una causa subjetiva en el accionar de los seres humanos que son impulsadores de tales conductas, las cuales no preocupan ni son el fin para ambos órganos, hablando de la Policía por un lado, y el Poder Judicial por otro.
Si nos adentramos en la vocación del personal que compone a la Justicia como a la Policía, la misma se corresponde con la solvencia de una problemática ex –post que no modifica la estructura, sino que espera recibir una problemática a resolver. Es decir, que filosóficamente hablando, si se reduce la aparición de crímenes y delitos por acto del mejor sistema de reparto de las riquezas, también se reduciría la utilidad de ambos organismos, y el personal abocado (por vocación) carecería de razón de existencia. Si la verdadera vocación de las personas fuera el “servir” y “proteger” a las sociedades, tomando ambos términos como universales para toda la sociedad, implicaría una desviación de agentes volcados a otras actividades político-económicas.
Dado que ésta última conjetura jamás se produce por voluntad expresa de tales personas, su vocación de servir y proteger, no se aplica sobre la sociedad en su totalidad, sino sobre una porción de la sociedad que sale ventajosa en la distribución de los recursos, y que ante la aparición de un intento de apropiación, utiliza en su derecho, al brazo policial, recupera el recurso que el Estado le reconoce a través del derecho a la propiedad privada, y pone al actor del delito bajo el dedo índice del juzgamiento ético y moral de una sociedad que apuesta a la implementación del órgano policial, como herramienta benefactora, que protege y sirve a los intereses de una elite, y que ve pasar delante de sus narices, los recursos a los que ya no podrá acceder.

domingo, 16 de octubre de 2011

La primavera reparadora

De entre el crujir de hojas al pisar, y los tintes marrones que decoran el paisaje de un otoño, se gesta el ocaso de una estación y da lugar al florecer de una primavera que se respira en el perfume de las praderas y el aluvión de abejas en la borrasca de polinización.
El aire cambia violentamente y templa otrora semblanza de aquello que vira los humores hacia la empatización de los seres que pueblan las tierras en los confines de este mundo.
En el recorrer de las rutas provinciales se aprecia la variación de las situaciones que particularmente subyacen en cada distrito jurisdiccionalmente determinado.
Casi como la ilustración de aquello que los números y los porcentajes parecen no poder, y que estos mismos paradójicamente parecen alejarse cada vez más de lo humano, para así envolverse en lo abstracto del inimaginable condecir.
Lo cierto es que la evolución/involución de la realidad material que pende de las responsabilidades de la gestión de turno, se manifiesta a gritos vivos en las rutas repavimentadas como así también en las vías de un tren que ya no pasa.
La provincia de Buenos Aires tímidamente expresa su realidad en situaciones sociales que bien se mimetizan con el olvido y la inexistencia visual de coterráneos que no registran en su rango de percepción, y que los medios informativos encargados de tal tarea trabajan en connivencia con la desidia que emerge desde la más primitiva enseñanza escolar, arropada en las nefastas sentencias sarmientistas.
En una orgia de ignorancia, se hacen presentes las vestiduras de la ortodoxia y el gen de honda raigambre, luciendo sus reciclados métodos de sometimiento de la población partiendo todo lo que toca en centro y periferia.
El compromiso que asumen los electos es ratificado en base al grado de compromiso social por el retorno de aquello que transfieren con su voto, para modificar su proyecto de presente, es decir, su futuro mismo.
Casi como en un duelo de esgrima, la estocada final no es simbólica, puesto que el sable penetra en el subconsciente y en el bolsillo que padece a diario la escasez de aquellos recursos que se encuentran en manos de otros, y que necesitan del Dios Estado para reequilibrar aquella injusticia social.
En consecuencia, los recursos son reinsertados en la sociedad, o bien, acumulados ociosamente cual suerte mercantilista pernoctaba en las prácticas de los reinados por el siglo XVI.
De cualquier manera, la ambición es echada a correr por las llanuras del descontrol que emancipa la necesidad del soberano, y su propia voluntad –conciencia mediante- desgraciada en los vestigios de una era agroexportadora.
Los caminos se bifurcan en el acceder a una autopista, o se acotan al colisionar por un desperfecto en las rutas, abandonadas por el desdén vaporado del deseo retorcido de una monarquía oligárquica, sigilada en los agradables modales de una melodía de sirena neoliberal.
El conformismo efervesce del vaso medio vacío cual teoría del derrame nunca se produce, y que a consecuencia de ello, la desprotección social se vanagloria de recalcitrante orgullo y se regodea en el frotar de manos manchadas de sangre trabajadora.
La pereza en el accionar de actores esenciales en la transformación, parece incidir en la ambición del soberano cuyos brazos deja caer acompañado a hombros que se agachan y se reportan como servidumbre del sistema.
Paradójicamente el ocaso para la melancolía ortodoxa liberal, tiñe el paisaje desdibujando la sonrisa financiera de una elite que abre paso su ambición y su especulación, hacia el paso de una nueva generación de conciencia popular que emerge de las multitudes y que interpela a su sociedad, hoy combustible de una llama viva que expresa un discurso sólido e infranqueable susurrado en los oídos de una sociedad puesta de pie.
Las palabras llegan como una brisa sosegadora para acalorados individuos que vieron perderlo todo y descreer, estando en todo su derecho, de seres que hoy deciden poner sus manos en el fuego y quemarse con el calor de las masas populares y cargándose a hombro, bolsones de responsabilidades bajo la tutela de un verdugo elitista y de sesgo marcadamente liberal, refugiados todos ellos en el derecho a la propiedad privada, privilegio de unos pocos, intervención por sobre muchos.
Los hechos hablan por sí mismos, y se manifiestan con leyendas sobre pancartas en desandadas calles de una militancia juvenil y de aquellos eternamente jóvenes en su espíritu, con la grandeza de la humildad que se refleja en brillosas pupilas que encarnan la emoción por sentirse partícipes del cambio de sus propios destinos.
La reparación de aquella desventura soberana, en función del beneficio de unos pocos, hoy se respira y se resiente de la reverberación del sonido de los bombos que acoplan los oídos y que simulan el latir de una generación que carece de edades y que incluye y resquebraja los estándares sociales.
Maginando tan solo a la desidia de algunos que se dejan guiar por la mentira casquivana de comunicadores sociales encuadrados en filas como soldados de las utilidades financistas y corporativas del sistema que deja su huella de sangre y ve perderse en la muchedumbre, fundiéndose en la redistribución de riquezas del trabajador que hoy participa de la mitad de lo producido en el país.


lunes, 3 de octubre de 2011

Las raíces de lo falaz

Es difícil divisar de entre las respuestas, casi por arte de reflejo, aquel eslabón que escapa a la imaginación como herramienta indefectible de cara a la búsqueda de respuestas sobre comportamientos de los cuales no podemos abordar.
Sin dudas, que existe alojada en la matriz de lógica de un ser humano, toda una serie de premisas instauradas desde las enseñanzas primitivas, encubiertos en un confuso sistema de reflexión que se aproxima más a una respuesta idílica, que a lo que la realidad lo insta mediatamente.
En consecuencia, aquello que se aleja de la realidad y se asemeja a un planteo impertinente, es la misma situación que una ecuación que en sus albores es falso, necesariamente el resultado se encaminará hacia la misma suerte, a saber: el error.
De todos modos, así como aquellos elementos que se filtran de entre la lógica y se acopla a una suerte de reflexión inmediata, esta misma no fue reflexionada por el individuo, lo cual implica que solo sea necesario reflotarlo a fin de la reflexión propia del mismo ser en cuestión.
Lo difícil no es lograr que la persona lo razone, sino más bien, lo complejo es descubrir aquel elemento falaz que se encuentra enquistado en un falso entramado de razonamientos.
Veamos.
Si una persona razona que la baja de impuestos como el impuesto al valor agregado sobre los alimentos, producirá una baja en los precios de los mismos, el supuesto que se encuentra implícito y que está asumiendo es el del libre juego de oferta y demanda como condicionador de precios al consumidor.
Está claro, que los precios son colocados y definidos por seres a voluntad propia donde purgan al producto de su coste y le agregan el proporcional extra de ganancia que arbitrariamente decide en relación a lo que puede vender, en tanto y en cuanto mida el grado de poderío que pueda ejercer por sobre la competencia, en el caso de que la hubiere.
Si nos ponemos en lugar de esta persona que reflexiona prescindiendo de las relaciones de poder, podríamos recaer en un ingenuo planteo que nos conllevaría a ceder en nuestra presión por apropiarnos de mayores recursos, y transferir los que dejamos ir hacia aquellos que en la realidad ejercen su poder sobre los demás.
Este sistema de reflexión falaz, es enseñado desde el centro hacia la periferia con el fin mismo de instaurar una realidad que no se condice con lo que realmente sucede, y de esta manera es que la distribución de los recursos –a través del dinero- se mantiene en una proporción no equitativa.
Sin embargo, a la problemática del conocimiento, y el entendimiento, hay que sumarle la voluntad ejercida por reequilibrar aquel desnivel en la balanza. De esta misma forma, si la voluntad se hace presente pero con un sistema de razonamiento falaz, nunca terminaremos por encontrar los fundamentos necesarios para reclamar por lo que nos pertenece, o más bien, lo que a otro no le pertenece.
Es decir, que conociendo el problema filosófico en virtud, lo que nos resta conocer son las reglas de juego de las cuales disponemos y con las que debemos desempeñarnos a fin de lograr recomponer aquel desfasaje entre lo que aportamos y lo que recibimos.
Si a esto le agregamos que las reglas de juego implican la construcción de poder a través de la empatía y la confianza que logremos en conjunción con demás seres del rebaño, lo que resta por licuar son los prejuicios éticos y morales que provienen de una organización política como la iglesia católica, donde pretenden deponer al ser humano como algo divino, y desconociendo su razón de ser como animal racional con sus atributos que le permiten adaptarse y sobrevivir con los recursos que dispone.
Por consiguiente,  la racionalización del pensamiento se hace presente y nos permite reflexionar sobre la importancia de desasnar realidades que incomodan al statu quo, y que son tan poderosos que se alojan el subconsciente, tal vez de por vida, como un mecanismo de defensa que utiliza el “Yo” (cerebro) para evitar la frustración. Para ello, se usa un razonamiento para encontrar justificación a una conducta, actitud, sentimiento, prejuicio o pensamiento cuya aceptación podría provocar temor, ansiedad, sentimientos de inferioridad o de culpa.
Muy por lo profundo de lo que intentamos explicar,  es factible que los planteos por más razonables que sean, dependen del grado de aceptación del individuo que recibe el mensaje y que delibera una batalla contra su propia situación psíquica, donde su situación emocional muchas veces le obliga a imponer una barrera por sobre la razón, creyendo una realidad que lo contenga de su frustración, en connivencia esto con la enseñanza de vida que se ejerce a través de su propósito como ser humano, en ocasiones utilitarista, alejándolo de su condición humana.
No es de extrañar entonces, que la importancia de transmitir un mensaje libre de prejuicios éticos y morales fundamentados en el interés implícito de una organización política que juega en sociedad con el statu quo, le signifique la voluntad por restituir aquello que le fue expropiado aun antes de haber llegado al mundo.
Entendemos a todo momento, que los recursos son limitados, y que en una sociedad delimitada jurídicamente, los recursos que algunos concentran, son los mismos que otros no tendrán, y  que en relación con un sistema de Estado protector de los intereses privados de unos pocos, es necesaria la concientización del ser humano, colocándolo sobre la realidad, y no sobre una falaz nube idílica, tan solo sostenible por la inculcación de la ignorancia y el sometimiento al prejuicio moral y ético.


lunes, 29 de agosto de 2011

Sobre la vida, estar vivo, y la muerte


La naturaleza misma es usualmente la ejecutora que pone inicio y fin de ciclo como por arte del azar, en la estirpe sucedida en las esferas del equilibrio como método de supervivencia de un cuerpo tomando al planeta como un todo.
El miedo natural que sienten los seres vivos, es el mecanismo por el cual el cuerpo presiente que su pellejo se encuentra en riesgo, y es el miedo el que se convierte en el detonante de la reacción pánico que libera adrenalina que se manifiesta de diversas formas. Una, es la secreción de una hormona que estimula y potencia los atributos físicos del individuo en función de lograr escapar a tal potencial o efectivo peligro.
Lo intrigante es observar qué ocurre cuando el miedo a la muerte se da en la psiquis de un ser humano que todo lo puede vivir y desvivir dentro de su mente y que es el único espécimen que proyecta un presente, es decir, piensa a futuro.
Esto último no es un dato menor, ya que esa herramienta de previsibilidad proyecta tanto sobre la línea de tiempo que ocupa, que en un punto avanza tanto que lo incierto de lo no vivido contrasta con un punto indefectible como la muerte, pero que se puede presentar a cualquier momento. Es esta incertidumbre lo central.
El desafío es definir de qué manera se manifiesta aquella acción de escape al momento de advertir una muerte segura tal como sucede ante el ciclo natural de las cosas, como mencionamos al comienzo del ensayo.
El título de este ensayo redunda sobre lo esencial en todo momento, lo cual consta de la composición epistemológica, o dicho de otro modo, la definición conceptual filosófica que defina uno y cada uno de los términos tales como la vida, el estar vivo, y la muerte.
Existen diferentes modos de morir, incluso mismo, estando vivo biológicamente.
¿Cómo se entiende? Veamos.
Difícilmente se pueda concebir la vida desde una sola persona, al menos no de forma espiritual, ya que la realización del ser se puede lograr mediante parámetros, y en el caso de un ser gregario, es decir, que necesita del entorno social para desarrollar, es a su vez esto mismo lo que determina el éxito en el desafío por encajar en una sociedad que delibera en un maremágnum de ideas de las cuales se nutre lo ético y lo moral como código de conducta y de convivencia.
Por consiguiente, la vida misma como definición biológica, depende del funcionamiento de los sistemas y subsistemas vitales que mantiene en actividad la vida de un ser, lo cual se da en todos los organismos incluyendo al ser humano, y excluyendo a éste último de su psiquis y sus emociones. En efecto, ante la extinción del sistema nervioso, la percepción de la vida misma deja de darse en un marco de inertidad de los subsistemas sensoriales, donde no se oye, ni se puede ver, ni sentir el contacto de nada.
Sin embargo, ante una situación de extinción de la percepción, el cuerpo se encuentra respirando y la sangre continua fluyendo a través de un corazón que no deja de latir. He aquí el dilema existencial de la eutanasia, y la concepción misma de la vida como una razón de pertenencia que se da en una interacción entre más de un individuo.
¿A qué me refiero con pertenencia? La descendencia produce una situación que mezcla los sentimientos con una legalidad devenida de un código de conducta social tal como la constitución nacional que recae y enmarca los límites y libertades brindadas por los embates y las negociaciones que expulsan como resultado, el tratado de paz entre los seres humanos que guerrean para tener paz.
Negociando las porciones de recursos que se apropian unos y otros, incluso defendiendo una jurisdicción a la que suscriben, o mejor dicho, los seres humanos son suscriptos al momento de ser insertados en el sistema a través del registro nacional de las personas, decisión que escapa a los alcances de un ser humano que es traído de los pelos a un mundo al cual debe adaptarse o perecer.
En este punto del nacimiento y la aleatoriedad y el azar mismo, se definen los parámetros límites donde se desenvuelve una persona –de ahora en más “persona” por ser inscripta en un sistema legal como la adhesión a la constitución nacional- y en las cuales hasta alcanzar la madurez física y mental para deslindarse de los lazos familiares para rehacer su vida espiritualmente, tanto económicamente como juego político obligado para congeniar con seres que retienen los recursos necesarios para la supervivencia de una persona.
Regresando a lo espiritual, en la eutanasia se produce el dilema de la vida y el estar vivo, ya que un cuerpo sin emociones, postrado en un sitio, donde su mente se encuentra aislada del mundo en la cual deja de percibir a su entorno, los estímulos sólo responden ante las reacciones químicas que mantienen en funcionamiento a sus órganos vitales.
La reacción de pertenencia se da en terceros seres, cuyos lazos son emocionales, o directamente legales, en la cual su posesividad es inducida por una creencia y un concepto de ambición y egoísmo intrínseco del ser humano, sobre la que no admiten y/o permiten la muerte biológica de un ser humano que está muerto en vida.
Así como concebir a la muerte como la conclusión de las funciones vitales –como muerte biológica- y la muerte de las emociones –como muerte espiritual- también existe la muerte absoluta, que se da en una situación de olvido y abandono del resto de la sociedad. Es decir, que el aislamiento del rebaño, es tal vez, una de las muertes más crueles que padece un ser humano en vida y en muerte biológica.
La invisibilidad de una persona, y el olvido hacia la misma, genera la inexistencia espiritual y a su vez, las personas pueden permanecer vivas ante el recuerdo de los demás seres.
Cuando un ser humano se encuentra coyunturalmente apartado del rango de visión y espectro de percepción de los demás, son los demás los que proyectan y creen en su existencia y mantienen vivo al ser en cuestión.
En efecto, el luto que se produce en seres humanos ante el fallecimiento biológico de un ser querido, se desenvuelve en la doble situación de:
  1. No perdonarse a uno mismo la muerte del otro, y cargar con culpas propias tal eventualidad y;
  2. No perdonar al ser querido por haberse ido.
En cualquiera de los dos casos, la vida y la muerte se encuentran dependiendo de la decisión de terceras personas, quienes en definitiva, en un dilema de eutanasia se conjugan sentimientos de terceras personas, y el miedo eventual ante el luto y la dificultad de asimilar una situación irreversible; y por otro lado, el miedo a sentirse culpables por poner fin a un ciclo meramente vital, como fin de una vida biológica.
En otra situación, cuando un ser querido –por otros seres, claro- cesa su actividad biológica, y con ella también, la vida espiritual, o se encuentra en un inminente proceso en el cual terceros seres mitigan incertidumbre, acotando el umbral de posibilidades de un punto en la línea de tiempo que ven y perciben o presienten cada vez más próximo.
Por consiguiente, el luto comienza a plantearse en el ínterin irreversible que se presenta en una coyuntura sobre la cual, aquellos seres que mantienen un lazo emocional con el ser humano en cuestión comienzan a generarse culpas por –quizás- no haber asistido de alguna u otra manera para evitar tal situación, y tal vez, no admitir la pérdida de algo que consideran suyo –de su propiedad espiritual-.
Cada momento que no se percibe y de la cual no quedan recuerdos es un lapso de tiempo nulo, lo cual nos permite entender, que a contrapartida, la manutención de recuerdos de manera vívida permiten la existencia de aquello que no se encuentra físicamente en nuestro espectro sensorial.
En efecto, estas conclusiones nos obligan replantearnos aquellas condiciones que nos insta la naturaleza misma que somos, tanto como para comprender que cuando se aproxima lo indefectible como es la muerte biológica, eso nos alienta y nos moviliza a disfrutar y de vivir gratos momentos con aquellos seres de los cuales no tenemos pertenencia alguna, sino una adhesión mutua que ejercemos a través de lo espiritual.
 En tanto y en cuanto esto último nos habilite a través de las aptitudes sensoriales y de lo cual nos desprendemos de una lógica utilitarista, podremos apreciar aquellas cosas que escapan a los razonamientos, y que sólo llegan a la mente cuando es tarde, cuando sentimos miedo por encontrarnos en riesgo, o aquellos seres que estimamos, asumiendo en todo momento que la vida y la muerte va más allá de los factores biológicos naturales, sino que la vida y el vivir, distan de conceptos que dependen, de los recuerdos para sostener la vida y del olvido como triste modo de morir en vida.