jueves, 8 de noviembre de 2018

El efecto cucaracha


Los conceptos éticos y morales tales como se perciben de entre los mensajes enunciados por los transeúntes, parecen por momentos sobre-actuados apenas perceptibles por quienes se encuentran mejor preparados para defenderse de un halago que de un ataque.

Las causas que azoran nuestro pensar por momentos nos tuercen el brazo cognitivo al punto de ponernos a nosotros mismos frente a dilemas irresolubles que nuestro adversario nos presenta revestidos de sofismas. No se puede ir contra todo.

La impericia y la imposibilidad de sostener discusiones al borde del divorcio del empirismo nos debiera de situar sobre un estrado como jurados, mas nunca como indagado, cosa esta última la de la que se vanagloria el poder como su carta más valiosa. Digamos que correr los argumentos de la contraparte con el instructivo de la moral es una práctica que lleva poco más de dos mil años.

Razonar con cabeza católica.
El orden mundial es binario y se manifiesta así en cada una de las temáticas que trazan la senda de nuestro día a día: el bien y el mal; lo ético y lo que no lo es; lo legal, lo ilegal; y lo que no es ilegal. Este juego de expresiones separadas por punto y coma se tornan un juego siniestro de dialéctica que no admite bajo ningún aspecto posible el más mínimo cuestionamiento. Ante la más escueta mueca de duda a los preceptos éticos, uno es colocado automáticamente explícita o tácitamente como algo más poco menos que malvado. Los preceptos morales tienen prerrogativa discursiva: no admiten duda.

Lo legal es entendido por las sociedades occidentales como las reglas impuestas como ordenador de conducta y código de convivencia entre los seres humanos. Sin embargo la etimología de ley proviene del latín lex que se refería a la fórmula y regla de mezclar metales, en asignación práctica sobre la base de producción de las monedas romanas compuestas por metales y oro. Sería ingenioso establecer un paralelismo entre la concepción de la legalidad como aquella regla inalterable –como si fuera divina- para la elaboración del objeto de valor por excelencia y por la que la humanidad pugna hasta claudicar.

Siglos ya posteriores al mercantilismo, la práctica de dominación se instrumenta sobre la moneda, el deseo de poseerla y la contraprestación futura y perpetua que engendra el endeudarla. El sometimiento habrá mutado quizá de la violencia hacia lo cultural cimentada por el compromiso asumido a restituir a futuro por lo que se expide hoy, siendo que al mismo tiempo lo que entendemos por dinero hoy, es en verdad producto de un pasado reciente lo que coloca al ser humano como un eslabón que pelea por desplazarse de un lado hacia otro del cuenta ganado.

Los personajes que importunan el sano desarrollo de una sociedad se valen del formalismo para socavar la semántica y el trasfondo que debiera primar por sobre todas las cuestiones. Piensan con un falso corazón, también entendido como subconsciencia en lugar de pensar con su bolsillo, por llamar de alguna manera al pragmatismo que tanta falta hace. Sin embargo, este actor de reparto porta un virus de aquí para allá y es sujeto de interés para los protagonistas porque que lo utilizan como mensajero, a expensas de unas cuentas caricias terminando por cumplimentar aquel excipiente del teorema –de mi ingenio- llamado “efecto cucaracha” que a grosero síntesis se entiende como un individuo infectado o inoculado que cuando vuelve a su madriguera infecta a los pares y a todos en derredor.

Hay un mensaje, un portador, y un receptor. Quien lo crea, piensa. Quien lo porta, cree. Y quién lo recibe tiene esos dos caminos a seguir: o lo analiza reivindicándolo o lo refuta como proceso científico; o por comodidad, pertenencia, lo retransmite sin evaluarlo haciendo uso de la creencia.

Cuando esta cucaracha levanta la bandera con los “valores” como insignia de falange se encierra en una tautología muy simple: acusa al prójimo por sus acciones individuales y lo corre por derecha con la ética y la moral; y cuando la cucaracha es corrida por izquierda por su comportamiento individual se defiende y recusa al sistema que lo contiene.

Cuando la sociedad insta a la cucaracha a que se restituya como miembro de la comunidad, ésta se aísla por mandato católico individualista y juzga al rebaño por presunta propensión a la corrupción. Cualquier semejanza con la propaganda sionista del héroe frente a la organización no es mera coincidencia: el mensaje es pensado con un interés, el portador lo propaga por creencia y el receptor es encerrado en un tabú al que no puede recusar porque tiene prerrogativa discursiva: no admite dudas.

martes, 4 de septiembre de 2018


El profesionalismo, que se someta a juicio

Donde hay un debe, hay un haber, cuando uno gana el otro pierde, donde el primero tiene superávit el otro tiene déficit. En un sistema binario bancarizado no hay margen de error, tal vez y por caso, algo de lo poco mensurable y confiable que se puede obtener de las resultantes de la economía internacional.

Así todo, amén de las acaloradas disputas por la razón y de vanas y estériles discusiones sobre la competitividad, algo impertinente en muchos de los escenarios cuyas premisas nunca se dieron, nunca existieron y nunca ocurrirán, la mediocridad profesional no puede quedar exenta de rendir cuentas ante falsas promesas y erróneos o malintencionados augurios económicos que inciden en la psique del consumidor.

Cuenta la leyenda que la fortuna de los banqueros Rothschild creció exponencialmente en un solo día con una jugada maestra gestada en Junio de 1815 tras la derrota de Napoleón a manos de Wellington, en la que a través de palomas mensajeras engañaron al mercado insinuando que había ganado Napoleón vendiendo masivamente los bonos del Estado Británico a diferentes precios, haciéndole creer al mercado que Inglaterra había perdido la batalla.

Al parecer los Rothschild fueron los primeros en conocer la noticia de la guerra de Waterloo, y utilizaron esta información para hacer caer la Bolsa de Londres y recomprar en el mismo día los bonos a precios irrisorios y esperar que el mercado supiera la verdad, cosa que finalmente sucedió disparando las acciones de la bolsa y haciéndole ganar en un solo día, la suma de un millón de libras esterlinas a los banqueros.

Un economista puede fallar en una proyección, pero ¿cuántas veces hasta que se demuestre o bien su deficiente labor, o su interés en causar tal o cual reacción en la economía? sobre todo si hablamos de economistas que gozan de la exposición frente al consumidor, que cautivo de la información y de la falta de conocimiento debe guarecerse en las palabras del académico.

Lo cierto es que en el comercio exterior sobran los enfoques para las mismas variables, en términos generales, o hay superávit o hay déficit, los datos son los mismos para todos y deberá la sociedad de una vez por todas asumirse vulnerable de conocimiento y someter a juicio a quienes les quieren hacer creer si salir de paraguas o no. Sobre todo si el mismo economista desde hace tiempo que se equivoca y nos hace comprar un paraguas sin saber que es accionista de la empresa a la que se los compramos.

Cuentas Nacionales, cuenta capital, cuenta corriente, balanza comercial, balanza de pagos, reservas internacionales, stock de deuda, desempleo, balance fiscal. No son muchas variables, si alguien nos quiere convencer de algo, juzguemos lo que propone sobre una base histórica y empírica. Si nos hablan de competitividad sin ningún respaldo, pensemos.

El último siglo arrojó para la Argentina pocos periodos de superávit comercial, la base de datos es la misma para todos, hay que animarse a hacer los cálculos y replantearnos si la teoría económica no falla en algún punto, porque siempre escuchamos lo mismo y los resultados nunca cambian. Albert Einstein decía que “locura” es hacer lo mismo una vez tras otra y esperar resultados diferentes.

jueves, 22 de marzo de 2018

La complicidad, la connivencia


Conquistar tierras mediante el conflicto bélico, la toma por la fuerza y la invasión se constatan como el vetusto manual de imperialismo que aun en tiempos de Sun Tzu resultaría arcaico si el mismo tuviera twitter y la fusión de Cablevisión-Telecom.

Lo cierto es que el asedio audiovisual se ha perfeccionado desde la Segunda Guerra Mundial como herramienta de disuasión y convencimiento y toma de partido por parte del ciudadano de a pie en cada rincón del universo. No por nada, en aras de la reconstrucción europea y su subsiguiente consolidación, una de sus más acertadas reformas fue justamente la regulación de los Medios Audiovisuales como medida de prevención de la falaz “libertad de prensa (privada)” respaldada en la creación de la Sociedad Interamericana de Prensa en la colonizada Cuba de 1943.

Si entendemos como definición de la economía como aquella ciencia que estudia el comportamiento del ser humano frente a recursos escasos, bien podemos deducir que deriva de una ciencia de corte social donde la psique del ser humano en forma colectiva dinamiza los efectos generales de la economía. Pues, si a lo reciente le agregamos como variable el hecho de la supremacía audiovisual del imperio a través de sus complejas redes de acciones, grupos societarios y sociedades anónimas donde el dueño es siempre el mismo interesado, podemos comprender lo tendencioso que puede resultar siempre cada movimiento que el “periodismo independiente” realiza frente a la luz roja de led que le indica estar “al aire”.

El fin primario y único del imperialismo, el capitalismo y sus derivaciones es siempre la siguiente: someter a los otros y trabajar para uno. Y si no es posible que lo haga gratis (como en China), que lo haga lo más barato posible. Entro en un país, altero su política, abarato su mano de obra, y me traigo sus recursos mientras los entretengo con netflix y algún que otro comediante de turno que habla de la política “actual” ridiculizando y banalizando todo como para desactivar cualquier intento de movilización ciudadana.

Si a estos magros resultados del imperio de abaratar nuestro trabajo y disminuir el potencial cognitivo de la sociedad resumido al grado “millennial” le inoculamos una reducción de exigencia y calidad educativa en cada uno de sus niveles para “adaptarse a los tiempos” a sabiendas del estrepitoso resultado generacional, pues el cuenco está servido y sólo falta que nos instalen la cultura de comer arrodillados a una mesa ratona.
 

jueves, 22 de febrero de 2018

Raigambre

Entendamoslo, sin su pasado no será nada ni nadie.

Es difícil avanzar cuando la cinta caminadora sobre la que nos desplazamos siempre permanece en el mismo sitio, y así nos resulta todo cuando desde pequeños mamamos diversos códigos que se nos impregnan y hacen metástasis por toda nuestra matriz de construcción de pensamiento y la misma que permite comprender al universo.

Así todo, la contradicción de quien nos ametralla con preceptos y ética moralista de dudosa singularidad lo hace a sabiendas de su ambigüedad, lo que nos mantiene suspendidos en un limbo cognitivo haciéndonos dudar permanentemente sobre el avanzar o licuar las culpas primero, mientras nuestro adversario carente de toda culpabilidad avanza a paso redoblado por sobre nuestros intereses más inmediatos y aquellos que anhelamos en algún remoto futuro posible.

¿Será quizá entonces que parte de nuestro subdesarrollo se deba al dubitar como una constante en nuestra caminadora que imaginamos como 'vida'?

Los interrogantes se repliegan sobre todo el frente de batalla del que solemos abandonar con recurrencia porque el miedo a la soledad nos abruma y se cierne sobre nuestras socavadas espaldas, permitiendo abstraernos de nuestro horizonte y sumirnos en la horizontalidad donde yace y se mece nuestro rebaño.

Cuando aprendemos a caminar nuestro enemigo espera que podamos sostenerlo en sus espaldas, es sólo especulación y aprovechamiento del esfuerzo ajeno, mientras nos endulza el oído con meritocracias encontradas, en un mundo de criterios perdidos y de lógicas ultrajadas...porque cuando nos cae la ficha del qué está pasando nos encontramos nuevamente ante un dilema instalado por la opinión publicada.

Mientras tanto la brecha se extiende como una pandemia en las entrañas de nuestra mente, dividiéndonos entre los pares perdiendo nuestro tiempo en nimiedades que a fin de cuenta sólo logra distraernos de la senda, haciéndonos parar sobre la banquina para contestar una llamada que nos hace volver porque nos olvidamos de algun papel en la oficina.

Y la moral y la ética se pelean por twitter y se toman unas cervezas en un after-hour de retiro, porque de 9 a 18 horas somos esclavos de las mentiras de un falso matrimonio que solloza para que empaticemos con su "momento" y nos replanteemos nuestros reclamos para más adelante, porque somos cristianos éticos y morales y a fin de cuentas nuestro empleador es una persona también que no debe tener malas intenciones. Porque en algún rincón de nuestra difusa consciencia nos inculcaron que todos somos iguales y que somos presuntamente buenos y que los malos son la excepción a la regla.

Claro, nos inculcaron un universo binario que duela entre el bien y el mal, lo malo y lo bueno, lo que está bien y lo que no. Pero...¿en qué momento nos explicaron los conceptos de lo bueno y lo malo? No lo recordamos, porque si nos debemos replantear lo que está bien y lo que no, ya somos sujetos de juicio ético y moral de los demás, porque también nos metieron a patadas en el culo que existe un "sentido común", aquel mismo sentido como el que nos redactaron en un libro desde hace mas de dos mil años con un montón de reglas de vida que si no las cumplimos las sufriremos en otra posible vida luego de la muerte.

Eso sí, los bienes materiales son efímeros, por eso los ricos no lo son tanto y debemos conformarnos con lo que tenemos y creer que los ricos lo son porque se esforzaron para ello y al fin y al cabo, nos convencemos en segundo plano que el mundo se rige por la meritocracia.