jueves, 14 de enero de 2016

Soldaditos de plástico

Sera quizás la condición humana o tal vez el resultado de variables inherentes al genoma que la proyección del yo sobre los que nos rodean nos siente en una butaca presenciando un acto de nuestras vidas que no concluyó.

Los seres humanos, o el arquetipo de eso que vemos y palpamos es o son la expresión inocua de los estados de humor y/o gracia de una fuerza superior que juega con nosotros como soldaditos de plástico en una guerra contra la nada misma que negamos a regañadientes.

El silencio es arrojado como un naipe sobre el flagelo del ser y la angustia de ser, como en una partida amena entre crupieres que abstemios exhalan humo de tabaco producto de la ansiedad que las personas fabrican como en una tabacalera floja de papeles.

Una y otra vez nos vemos sucumbir y fenecer reencarnando en algo inexplicable pero entendible que solo un ávido esgrimista de la filosofía es capaz de autoconvencerse de jugar sin rival y hacer sombra frente al espejo de la vida.

Sin embargo las pesquisas de aquello que nos avergüenza juega un rol clave en el guión que virtuosos interpretamos en un precario taller de teatro resurgido en el san telmo de nuestra alma.

Penada y finada nuestra esencia vaporamos en los recuerdos de quienes nos complementan y quienes recapitularán la densa selva que nos depara nuestro peculiar destino de incertidumbres y dudosas certezas, mientras se trazan sobre nuestros avejentados rostros caminos que la vida nos invita a recorrer, mientras nuestra mente nos hace tomar partido en el pelotón de un niño que enojado con sus padres nos proyecta en la vereda de sus miedos.


martes, 29 de diciembre de 2015

Irse

Acá estoy, y cuando recibas el mensaje ya estaré en otra parte. Tal vez físicamente esté ahí pero mi mente como bien sabes, vuela, y estará surcando los confines del infinito.

Tal vez sientas al pasar un aroma a misterio, a algo inconcluso, unos puntos suspensivos en tu historia que te acompañará a lo largo de tu vida, ese no se qué que te atormentará cuando te sientes a pensar y pensarte.

Sin embargo el mientras tanto es hostil, es vago e inalcanzablemente indiferente que te exaspera, porque aunque puedas vivir sin controlarlo todo, el todo mismo o la nada tienen su límite. Queremos ser libres pero no tener límites marcados y definidos nos vuelve vulnerables. Este es el dilema que subyuga al ser humano, y lo que mas te perturba es que este ser lo haya resuelto por decreto.

En el ahora querés correr lejos pero con elegancia, querés aceptar el miedo pero sin que te avergüence, y ya es tarde, porque como al principio dije, cuando recibís el mensaje ya es tarde, ya voló lejos.

Y lo que hoy te enfurece cada situación, cada momento de despotismo y arrogancia se desglosan en un sinfín de variables que son estadísticamente improbables, no obstante convergieron por el arte del azar y conformó un aura mística en derredor de este ser inalcanzable que te atrapó cuando se fue de tu vida.

Dejó migajas de pan en el frondoso bosque donde estas perdida, donde no hay caminos delimitados porque querés ser libre, pero también te vuelve vulnerable. Lloras a escondidas por los rincones de tu mente, necesitas el aplomo pero lo incierto tiene su precio.


Tu mente bien sabrá a fin de cuentas cuando redactes el prólogo de tu vida, que algo te marcó para siempre, un felino rígido, indoblegable, espurio, inflexible y autoritario, dócil pero momentáneo, que se va y no deja de irse de sí mismo antes que hacerlo de vos. Pero es inolvidable, que purga las vicisitudes previas, las anula a cero y te fascina desde que despierta a tu lado con las sabanas tatuando temporalmente su piel y su musculatura, hasta que te ve cerrar tus ojos mientras pensás que ahí está físicamente pero su alma ya voló lejos.


miércoles, 25 de noviembre de 2015

Su ciervo: el confortable aplomo del subyugar

Síndrome de Estocolmo, temor/amor al amo, un juego de palabras y un vano recuento de pavores sellados por la saliva inquieta en el cuarto oscuro de su escueto designio.

De costado en un reducto se bambolea una afrenta a la indulgencia que arrecia sobre sopesados escritorios en alineación geométrica a esas cajas donde viven y mueren de 9 a 18 horas.

Un altibajo tapial que divide las aguas en su micro-universo, cuya distancia de franqueza media entre las cejas y el contorno de sus bocas cuya línea se arquea coqueteando con la debilidad emocional que los invade.

El reflujo de la falsedad los azota en el galeón sobre rechinantes ruedas sobre cual se narra una épica cruzada existencial por el santo grial cuyo elixir vaporea reducido en cafeína.

Abrazados al péndulo del reloj se sienten confortados y resguardados, fundidos en un maternal abrazo y fraternal despojo de sí mismos, susurrando clemencia a la incertidumbre del afuera donde espera el banquillo de los acusados, donde no hay jurado ni sentencia mas nunca verán la luz del sol menguando en el ocaso de su espíritu.

La subconsciencia y el habla, un divorcio irrevocable y una estéril esperanza vacua que se repliega en armoniosa relación de aspecto como los ladrillos de un muro sobre el que escalan para des-encontrarse consigo mismos y refrendar aquella sombra que persiguen aguardando alguna respuesta a una pregunta que nunca lograrán formular.

Escozor, el sinsabor y el acre gusto del óxido que resurge de una forzosa empatía de camaradería  asintiendo al escupir acordes en ofensa al silencio que algunas sépticas y mortecinas mentes profanan con entusiasmo, mientras sus contorneados cuerpos dibujan una finta a escasos metros del galeón donde viven y mueren de 9 a 18 horas.

El tiempo no transcurre para ellos porque los cuerpos inertes gravitan en derredor a la línea de tiempo y espacio donde interactúan como por arte de lo circunstancial, siguiendo y cumpliendo a rajatablas el mandato moral sobre el que moran y pernoctan indefinidamente mientras aguardan impasibles el rancio beso que los despertará de aquel sueño y resurgir sobre el cenicero de su alma.

Rutilantes, el yugo los contiene de la pena por vivir y verse cara a cara con sus miserias, pero ahí van, a distancia simétrica, cerca pero lo suficientemente distantes entre sí como para no recaer en lo vulgar del pertenecer, porque bien entienden al creer ser diferentes, imprescindibles, irreemplazables, consortes de la soledad emocional hacen mella en los confines de la trena que los depara.

Sojuzgan, aman y odian-se, supuran y enconan arremetiendo contra lo que son una y otra vez, hasta el hartazgo, se vanaglorian frente a sí, y huelen las nítidas flores en dos dimensiones donde viven y mueren, de 9 a 18 horas, hasta sucumbir sus baterías y entender que otro día los acerca a la hora de la verdad.


La hora de emprender el retorno hacia la nada, abandonar la rutina del ser, y sollozar en la penumbra, revolviendo lo que les trae la marejada, a orillas de la ausencia, lejos ya del galeón donde narran sus líricas desventuras de la jornada, empapados del relente que avizora el tata dios en altiva afrenta de mansedumbre existencial.


lunes, 23 de noviembre de 2015

El caleidoscopio

De la expresión del horror facial a la sonrisa social, solo hay un paso…o dos.

Esa turbia agua en estado de ebullición latente que es el ser humano y su mente como una olla a presión constante fuerza la válvula de alivio con una arritmia emocional a la vera del destello de una pantalla que ilumina la poca vida que reside en ese individuo.

Prisioneros de su abismo con un pie en la demencia y el otro en una zona wi-fi, caminan erguidos por el sostén virtual de una interesante vida cual nunca tendrán.

Encerrados en un caleidoscopio van y ven sus reflejos pasar, cada persona que acontece sus diminutas anécdotas que llevan por espíritu se re-proyectan en un vacío donde sólo ven una pequeña parte de sí mismas, sobre quienes expresan ese horror o esa sonrisa social.

Autoestima frágil como un castillo de naipes son capaces de torturar por conseguir una caricia al ego constantemente, sabiendo que a oscuras y con el físico cansado y abatido por la rutina, los aguarda uno de los 3 jueces del infierno con quienes conviven a diario. Su consciencia.

¿Qué hiciste hoy con tu vida?... ¿por qué? Fundamente su respuesta. Es el cuestionario que todo burgués prefiere evitar. Se reportan enfermos, enferman, se enferman, no se presentan a rendir, buscan otra mesa…pero a fin de cuentas, quien toma examen es su misma mente. De eso nadie escapa.

Estrategias por sobrevivir a sí mismos, deambulan perdidos en un sinfín, no son más que materia orgánica, un sinnúmero de microorganismos coincididos y confabulados para dar origen a lo que se conoce como vida, nada más que eso. Un montón de partículas que se ven las caras por obligación y comparten un reducido espacio y tiempo, que vistos en perspectiva parecen un todo.

En realidad no son nada, no son nadie, sólo son un montón de individuos que de lejos parecen algo colectivo, sólo miran su ombligo y cuando no hay nada allí, apelan a una sonrisa facial frente a otros pares de los cuales se terminan rodeando…pero claro, hasta que aparezca otro cristal en ese gran caleidoscopio donde ven que también son mucho menos que eso, u otra cosa que socialmente es políticamente incorrecta, pero a fin de cuentas solo ven una proyección de sí en otra perspectiva, sobre la cual expresan horror.


Sólo son átomos, están de paso en esta era, pero todos están distanciados y a distancia parecen un todo, parecen algo colectivo, pero no lo son, nunca lo serán. Hasta que, claro, deban aparentarlo.


jueves, 3 de septiembre de 2015

La muerte es sólo una transición

El alma se enferma, polvorienta y fugaz embellece las distancias y sucumbe la estrecha relación entre el objeto y el sujeto, cuando éste último torna-se oneroso y comercializado vía imágenes por instagram.

Desde el inframundo se oye el estertor de una esencia que partió al averno siquiera antes de rendirse. Claudica con vehemencia, mudo y sordamente grita con el murmurar de sus vagos recuerdos de algo de lo que ni siquiera estuvo segura.

Sin embargo a paso constante se dirige hacia el final del juego, desahuciado escindido de sí mismo con el manual de reglas bajo el brazo que con sus últimas fuerzas carga cuesta arriba sin terminar de comprender que el libro lo escribió alguien más.

Signada ya por la virulencia de sus tormentos matinales decide echar un último vistazo a su detrás.

Se precipita solemne con sus ensangrentadas manos por el rasguñar del ataúd del que nunca supo escapar, porque nunca comprendió que los límites yacen en la mente de cada quien, y se sonroja del pudor ante falsos aplausos que emergen de las alcantarillas de su frágil y marchito ego.

Cristales funden un arcoíris en las sombras donde se auto flagela con esquirlas de una bomba de tiempo que cargó todo este tiempo. Los últimos granos de arena decantan del reloj poniendo fin a algo que ni siquiera tuvo origen. Un paso doble de malambo arrancado de la fiesta pagana del egoísmo.

Se estremecen los nudillos mutilados y abatidos por querer arrancar de cuajo los hierros que preservan su corazón donde sólo encontró una nota suicida redactada por su finada subconsciencia, auto ejecutada por la negación y la ceguera que los espejos de colores le propinó.

Y sin embargo continua su marcha, el libro ya se esfumó cuando dio vuelta su última página para encontrar recién el prólogo de algo que nunca fue. Era un juego y no supo jugar, confundió el reglamento como un novato crupier que desafía al diablo por viejo más no por sabio.

Redunda en los confines de un algoritmo que nunca resolvió, una encrucijada existencial que perdió por abandono frente a la sombra que lo persiguió tan solo para decirle que su mejor espejo siempre fue una ventana cuyos postigos desvencijados rechinaron por última vez en la tormenta perfecta de su insegura esencia.

Creyó creer estar creyendo en una creencia que le susurraron al oído mientras dormía en los aposentos del lupanar donde vio prostituir su coraje por un puñado de esperanzas en un cheque diferido de tiempo y espacio.


Finalmente llega al abismo y con inusitada gracia acomoda su cabello hacia un lado, frota las palmas y en una escala pentatónica se lanza vacío al mismo vacío donde no quiso mirar desde el momento en que confundió el sueño de su realidad.


martes, 1 de septiembre de 2015

La inseguridad existencial. El arte de atacarse en defensa propia.

Sucumbe ante la gravedad una escarlata gota de sangre en las paredes internas de la mente, y se refleja un haz de luz tenue que contrasta el frío gris de un alma atormentada por sí misma.

Casi como fotones de oscuridad se vislumbran en el seco rostro que solloza por los rincones de su soledad, juzgando cada espejo donde suele verse reflejado, aunque esos ojos sean las ventanas del alma que ya no está.

Los seres humanos se repliegan ocupando la vista periférica mitigando la incertidumbre de verse y encontrarse solos consigo mismos, aunque quizás una perspectiva más lejana los ilustre como especies individuales encontrados por sentimientos sórdidos que los disipan de sí mismos.

Es un caleidoscopio que repite la misma imagen en un sinfín de perspectivas que tan solo reflejan al mismo objeto, ya que no obstante de ello, quien observa no deja de percibirse triste y sólo.

El libre albedrío es quién atenta contra la frágil estructura de naipes donde yacen las relaciones por conveniencia. Sí…conviene preservar aquella relación, pero el lazo endeble que la une la torna enfermiza y carece de genuinidad al entender que no es propietario sino un mero socio en contrato de adhesión mutua.

Ahí van de la mano, o algo parecido, de un lazo quizás revestido de alguna carátula que reduzca al entorno al mínimo, gregario y sectario…un manojo de seres contados con los dedos de una mano donde caminar en círculos, cuya palma nos albergue en el seno del confort y protegidos de la soledad que tanto tememos.

Pero a fin de cuentas, estamos atravesados por un interés transitorio, que transita conforme pasa el tiempo y nuestro mundo gire sobre su eje ubicándonos en tiempo y espacio. Un contexto poco favorable para los vaivenes de un alma que deambula en pena por los pasillos de la inseguridad existencial.


lunes, 24 de agosto de 2015

La amistad: falsa esperanza de una proyección que no está

Teléfono descompuesto. Una conversación entre locos, una escondida con un amigo imaginario que le hace daño con sus propias uñas.

El miedo a la soledad no es tan abrumador como el miedo hacia uno mismo. Es la caja de pandora que inhibe hasta a la propia curiosidad.

Sin embargo, pensar que esconderse y perderse entre la multitud pudiera despistar a la parca que subyace en la consciencia –también es juez y verdugo en la subconsciencia- peca de tanta inocencia que hasta un infante agacha la cabeza en signo de sumisión frente a las hormigas sosteniendo la lupa de la vida.

Tal es el caso del miedo hacia uno mismo de reconocerse, que los espejos resultan equivalentes a las cruces para los poseídos, no los pueden ver, les provocan dolor, con la diferencia que estos últimos saben bien el por qué, mientras que los primeros se rinden a la especulación. Hay mas qué perder que de ganar. Esto último sí lo tienen en claro.

La autoestima de estos seres carentes de amistad, lo son porque por principio no se quieren ni confían en sí mismos y se asemeja a la precariedad de un lupanar, donde las prostitutas son su propia dignidad  y donde existe una sola cortina que es el propio velo que cae de su cabizbaja frente ya marchita por la soledad.

El frio no cede y el otoño le hace una finta cósmica a la venida sanadora, aquel placebo que reside en la angustia oral y los placeres mundanos que sólo la alta sabe anfitriar. Charolas que rechinan y bellos ocasos que se funden en las grietas de cielo que un hermoso nogal nos convida, tatuando el prolijo césped con triviales muecas de pop-art en el country de nuestra penada alma.

De continuar con la función hasta la sonrisa del tristemente célebre payaso se desdibuja y la lágrima dibujada se vuelve cada vez más real, porque cuando el telón caiga se oirán sordos aplausos en una consagración sórdida donde el único espectador es la propia subconsciencia, que aburrida le saca filo a su guadaña para ganar unos segundos a pesar de prescindir de tiempo…ya que como juez del infierno, perdurará por siempre tanto como el olvido que este payaso engendra mentira a mentira.


Ya azorado por la triste realidad, decide levantarse temprano fingiendo disfrutar la mañana para mentirse a sí mismo y hacerle un guiño al espejo donde no ve a nadie esperándolo con un mate.