viernes, 5 de abril de 2019

Seguridad Jurídica


Prima como máxima del mundillo de las finanzas que “a mayor riesgo, mayor tasa de interés”.

Como ejercicio didáctico en reiteradas ocasiones he comenzado una clase por analizar enunciados que en las ciencias sociales de corte económicas albergan más de un simbolismo a considerar. Siguiendo esta línea continúo por observar cómo reaccionan ante lo que a prima facie pareciera resultarles, como mínimo, singular. Algunos de ellos experimentan sensaciones de encuentro cuando en el vaivén de sus mentones los veo asentir lentamente como quien experimenta la sinapsis, trazando lunares y encontrando formas en un juego mental quizá novedoso.

El lenguaje tal como lo conocemos y utilizamos habitualmente se encuentra cuando menos atiborrado de falacias que son replicadas como retuits’ a inconsciencia cuando el propósito originario del emisor primario fue justamente ese, que ante una reacción –no importa cual emoción despierte- no haga otra cosa que difundir el mensaje, cuando el mensaje se encuentra compuesto por una imagen y determinadas expresiones que encienden las alarmas del cerebro.

En definitiva, la mecánica de lograr que los individuos pregonen un mensaje como consecuencia de una reacción ya es habitual, con la novedad de incorporar una imagen de una persona con determinada expresión facial y una frase que sumado a ese coquetear con la gesticulación –hoy devenido a “meme”- termina por generar un impulso en el espectador. ¿Qué tendrá que ver todo esto con la seguridad jurídica? Ahora iremos hacia allí.

Durante años, los medios de comunicación argentinos alineados a intereses corporativos que pertenecen a un entramado piramidal apátrida –ya que el capital no tiene nacionalidad- bajan líneas como en formación 4-4-2 donde dependiendo de la audiencia en determinada franja horaria, los locutores de radio y/o televisión modulan su lenguaje según al público que se dirijan, exactamente como una estrategia de colocación de productos bajo clásicos lineamientos de estudio de mercado. Ahora bien, cada día los operadores de medios de comunicación determinan a lo largo del día instalar uno o dos conceptos con acepciones definidas y específicas con ánimos de que perdure en un futuro medio reverberando en los pasillos de nuestra mente.

La “seguridad jurídica” se define como un principio de derecho basado en la certeza del derecho previsto como prohibido, ordenado o permitido por el orden público. En un sentido práctico a lo que vengo a significar con esta metódica de la instalación del concepto de seguridad jurídica instalada por los medios, conllevó y conlleva un trasfondo de sesgo oneroso que a calzón quitado viene a entenderse como las ganancias empresariales garantizadas por el Estado Nacional sin miras de un posible cambio futuro lo que asegure lo que se entiende también como statu quo.

En uno de los tantos encuentros con diplomáticos que en la función de quien les habla resulta frecuente, el Consejero Económico en representación de su país, por caso, uno de los países de mayor calidad de vida del mundo, nos aseveró que su empresariado promedio –servicios y/o producción- suele esperar 4 o 5 años para comenzar a beneficiarse de mayores rentabilidades. Lo curioso del relato no es lo que a reacción de un ciudadano del subdesarrollo signifique esperar 4 años para experimentar altos beneficios, sino la naturaleza de aceptar eso como válido o normal.  Lamentablemente para mí, muchos de los que pululan en derredor no comprenden el alcance del contenido del mensaje al que me refiero, ante lo que reaccionan con una sonrisa socarrona buscando complicidad con sus pares, como algo como mínimo, irónico.

En la cultura popular argentina se recurre a determinadas expresiones que evocan una situación histórica y que tiende a repetirse una y otra vez, pensemos por un momento en dichos populares, proverbios, refranes y etcétera, donde por ejemplo utilizamos el concepto de “fantasma” como algo trágico ocurrido y que se encuentra latente a punto de repetirse en un futuro no muy lejano. Por ejemplo en épocas de crisis económicas la Argentina ha experimentado hiperinflación (1989), estanflación, corralito, saqueos (2001), devaluaciones (1958-1962-1975-1981-1989-2002) que cuando la opinión publicada por medios hegemónicos busca instalar una situación negativa apela sistemáticamente a preludiar con su tinta de sangre “el fantasma de…”.

En una época reciente, bajo la premisa enunciada en el párrafo precedente, se utilizó con frecuencia apelar al fantasma del riesgo país que azoró en épocas de flaquezas y debilidad estructural financiera, de liquidez y de solvencia en simultáneo, como por ejemplo en la crisis del año 2001, donde en una economía enferma la estructura financiera argentina pendía de un hilo sostenido por el delgado nivel del riesgo país que determinaba un sistema de puntuación de credibilidad y certeza de pagos de obligaciones contraídas. Es decir, que no es lo mismo tener 800 puntos de riesgo país en el 2001 que en el 2014 donde la argentina experimentaba aún un superávit comercial de años, y reservas internacionales netas provenidas de esa acumulación de divisas generadas por las exportaciones que superaron las importaciones a lo largo de una década.

Sin embargo a lo recién expuesto, el fantasma del riesgo país patea los neumáticos del camión productivo que traslada la confianza del consumidor argentino y hace sonar la alarma cognitiva cuando escucha esos conceptos que yacen cargados y anclados a un pasado reciente que aún se palpa lozanamente. Lo curioso quizá sea que durante la economía de expansión de la década 2004-2014 fue embestida sistemáticamente con el agite de estos fantasmas en aras de propiciar una inestabilidad y así ofrecer reaseguros lógicamente quedándose con las primas de riesgo por parte de los interesados locales y extranjeros, cuando estos en la mayor parte de los casos pertenecen a la misma empresa, con sus filiales desparramadas estratégicamente a lo largo y ancho del mundo del subdesarrollo.

Hoy, frente a un escenario de default técnico, con apenas 8 mil millones de dólares de reservas netas, con un déficit comercial estructurado de 3 años consecutivos, con una estanflación y desmantelamiento del sistema productivo y extractivo del que ya no se recauda divisa por quita de retenciones, los medios de comunicación ya parecen no apelar con mismo ímpetu al concepto de “seguridad jurídica” cuando quiebran empresas legendarias, y multinacionales experimentan bajas de antología que debieran de quedar almacenadas en alguna retina de cara a futuras décadas. Habrá que esperar entonces a que estas cuestiones caigan sorteadas en el juzgado del Bonadío de los intereses de crecimiento argentino para que se instale debidamente.

Está claro que el argentino promedio carece de libre albedrío en medio de una vorágine de confusiones donde se ha vuelto tan pajero que ya ni sabe cuando acaba.

lunes, 11 de marzo de 2019

La libertad del cuentapropista


Se entiende al “cuentapropista” como aquel sujeto que vive de su propio negocio, lo que a fines fiscales la Argentina los contempla y agrupa como “monotributistas”, es decir aquellos que realizan aportes previsionales (jubilación y obra social) e impositivos.

Por otra parte, en los regímenes laborales que acostumbran los diversos Estados en este mundo capitalista existen determinadas modalidades en las que se imparten aquellos sujetos entre quienes aportan capital y los demás. Entendiendo que el capital sólo y per se persigue la mayor rentabilidad a menor coste, entendemos de esa manera que todo aquello que se ubique dentro de la legalidad y no fuera de los vacíos legales es donde las ganancias extras marcan una diferencia ostensible entre aquellos que pugnan por la mayor apropiación del capital circulante y aquel que circulará en un futuro.

El destello de las implosiones rara vez se puedan diferenciar de los flashes y los relámpagos cuando es la mente quien se aturde, ya sea por el susto a causa del factor sorpresa, o el asedio incesante al que los ojos son expuestos permanentemente. Claro está que la guerra fría era una combinación de lo descrito recientemente, es decir, que la obnubilación se da por bombas y por pantallas destellantes. Aunque uno se prepare para el fogueo, ni el más preparado emocionalmente escapa a los simbolismos que el cuarto poder nos propone.

Si prestáramos atención a los comerciales de la tele veríamos cómo se encasilla a los jóvenes adolescentes en sus amplios departamentos donde siempre hay una guitarra eléctrica apoyada contra una pared, o una composición étnica en los grupos de amigos –tal como lo hacen en las series de comedia de producción estadounidense- y alocados divirtiéndose casi como en los deportes extremos, y mediante ráfagas de imágenes que desafían a la percepción humana alternando entre aquellas 10 o 12 fotogramas procesándolas por segundo individualmente (donde se exceden las 12 imágenes el cerebro ya las percibe como movimiento).

La comunidad científica –si es que esto signifique algo- calcula que el cerebro humano puede leer en promedio unas 200 palabras por minuto, sin embargo, la asimilación del contenido que se lee ya dista en demasía entre los seres humanos dependiendo de la dotación de materia gris que disponga cada quien en cuestión.

Estudiar los mensajes que la propaganda publicitaria nos propone bajo el estudio semiótico es la clave para determinar sobre qué hace foco el poder que imparte nuestros destinos inmediatos, por referirme a toda clase socioeconómica que no pertenezca a la élite, claro está. Para esto es imprescindible comprender que no hay casualidades sino causalidades en el accionar del imperio económico y apátrida que gobierna detrás de las finanzas internacionales y del que bien debiéramos de interpretar cuando el cuentapropismo asciende en la distribución de la ocupación de la PEA (población económicamente activa) y alcanza a un quinto del total ocupado. Si se nos ocurre relacionar tanta publicidad que muestra al joven que se independiza y tiene su propio negocio como ideal de triunfo personal, esto colisionaría de frente contra la distribución de la ocupación que es inversamente proporcional en los países de mejor calidad de vida. -La canallada pregonada de la “meritocracia”

Cualquier economía que se desarrolle de forma sostenible y solvente requiere de un orden y previsibilidad, algo que la alternancia de los ingresos del cuentapropista no proporciona, ya que a cambio de alguna que otra franja horaria flexible de aquello de “manejarse los tiempos” y confundiendo la labor con aquello que le da placer le signifique trabajar más horas que el promedio y a destiempo. La flexibilidad en este caso es siempre hacia un mismo lado, y el temor a no cubrir los ingresos mínimos a causa de la incertidumbre que infunden la micro y macroeconomía de un país vuelve un hastío el desenvolverse cotidianamente.

Tal como enuncia un reconocido economista heterodoxo argentino: “la incidencia porcentual del cuentapropismo en la estructura ocupacional es un indicador del grado de desarrollo económico”. Al mismo tiempo el sólo hecho de pensar que tratándose de una economía sólida y predecible uno podría inferir que bajo determinadas condiciones de competencia, el cuentapropista bien podría al menos contar con una base de ingresos mínimos haciendo uso de los cálculos microeconómicos y contables de una industria vegetativa –tómese como ejemplo un peluquero que cuenta con sus clientes fijos y el tiempo en que les vuelve a crecer el cabello.

Así las cosas, las herramientas informáticas, redes sociales y un gran entusiasmo impulsado por el optimismo innato puede confundir al cuentapropista que no hace otra cosa que correr desde atrás la coneja tan sólo para equiparar un salario mínimo promedio a cambio de una descontracturada organización de su bregar. Aun con las discrepancias latentes entre los estudios socioeconómicos de los ingresos y en la medición de si el salario se mide en horas o cualquiera de sus variantes, calculando los días que no genera ingresos al cuentapropista implica un re-prorrateo de lo trabajado y percibido para constatar que su apetito de libertad es sólo un espejismo más, mientras la opinión pública se hace eco de falacias bajadas por la élite de que hay que trabajar más para generar más. Tan sólo pensemos que en febrero del 2018 el sector metalúrgico alemán redujo de 35 horas semanales (7 horas, 5 días laborables) a 28 horas semanales bajo la premisa de generar más trabajo. -Vaya paradoja la creencia argentina-

Volviendo al eje de la cuestión, nuestros cuentapropistas representan el 21% de la masa de ocupación, siendo de ellos que por ejemplo de las empleadas domésticas el 90% de ellas se encuentra precarizada. Según la encuesta permanente de hogares (EPH) el 70% de los cuentapropistas argentinos lo son “por elección”, es decir que no buscan otro empleo o más trabajo, siendo que en los países desarrollados sólo en un tercio de los casos el cuentapropismo es la actividad principal. En la argentina esta cifra alcanza el 82%.

La EPH argentina determina los cuentapropistas como “suplementario” (el que trabaja por cuenta propia para suplementar su ingreso principal); y el “principal” (que no hace otra cosa que trabajos por cuenta propia). El suplementario típico se ubica en la franja etaria de 38 años perteneciente a la clase media alta  (la mitad de estos suplementarios típicos pertenecen al tercio de mayores ingresos), con estudios universitarios con una ocupación principal relacionada con la enseñanza o la salud. En cambio, el “principal típico” tiene unos 46 años (donde el 15% tiene más de 60), posee estudios secundarios completos y un trabajo en la construcción, tareas domésticas o comercio minorista.

En la Argentina neoliberal de hoy, a abril del año 2018 se recuperaron 500 mil puestos de trabajo (ya que en el 2017 hubo un aumento abrupto de desempleo) donde sólo el 25% fue en blanco. Es decir, que el 75% de estos “nuevos” asalariados fueron precarizados y cuentapropistas (monotributistas). –un método clásico de empleo bajo perspectivas inciertas, desfavorables e inestables de la macroeconomía que reduce su salario mínimo en dólares de 500 a 170 en tan sólo 2 años, posicionándose último en el ranking latinoamericano.

Como conclusión, no se confundan, calculen cuantos ingresos tienen en total durante un año bajo su modalidad de cuentapropista “libre”, divídanlo por 13 meses, y revisen si en verdad no están viéndose en un reflejo que no les pertenece.


domingo, 24 de febrero de 2019

Goebbelismo sin Goebbels




Cuando las capacidades cognitivas se encuentran encerradas en un laberinto, algunos optan por incendiarlo para librarse de él, así mismo como los economistas con una economía enferma prefieren matar al sujeto para terminar con la enfermedad, claro…si después de todo con billetera ajena somos todos guapos. ¿No?

No es casualidad que algunos procesos de “reorganización” comiencen por la proscripción y el exterminio de contenidos de textos y su posterior censura ya que el poder yace allí, donde una persona pueda tomarlo, leerlo y generarse-le un sinfín de disparadores. Lo importante es licuar aquella capacidad imaginativa y anestesiar los viejos impulsos libertarios y resumirlos a la meritocracia que los “monotributistas” para la AFIP que para Linkedin son “CEOs” “founder” y “co-founder” y todo aquello que significa poco pero que en inglés a algunos les genere cositas en sus hormonas, no posible sin un asedio cultural bélico y goebbeliano como el que pregona la industria cinematográfica estadounidense. –por más que ofenda a más de un “cinéfilo” que en realidad no conoce otra cosa que no sea cine yanqui.

Me resulta muy complicado –a quien suscribe- no dejarme llevar por las ramas, ya que los frentes abiertos por aquellos que conservan privilegios a expensas del Estado, es decir, no pensando en el 20% de empleados estatales (porque no son más que eso), sino a aquellos que gozan de la propiedad privada garantizada por Constitución Nacional y que suelen gritar a todos los vientos que lo que tienen se lo merecen porque blablablá. No conozco a un solo meritócrata que haya renunciado a su herencia familiar ni a ninguno que acepte que lo que tuvo fue simplemente suerte y que tal no se puede contabilizar como variable.

Lo cierto es que durante el trayecto de mi carrera académica transité una senda que zigzagueaba del iluminismo hacia la mediocridad –disculpen que insista con este término, pero me resulta muy poderoso- y lamentablemente aquellos docentes que se me presentaron como corrientes no les recuerdo ni un poco, y aquellos brillantes como los mediocres los recuerdo nítidamente. De hecho a uno de los brillantes me jactaba de ponerlo en jaque con simples retóricas ante la bajada de línea liberal que me proponía para lo cual quienes cursaban conmigo no entendían porque hablábamos en otra frecuencia. –sí, también mis compañeros eran así de intrascendentes y mediocres, y su actual presente los juzga.

Sin embargo a lo reciente algo que me sucedía a menudo era que estos profesores se tomaban revancha conmigo en algo que todavía escapaba a los dominios de mi mente: ellos ponían las notas. Y por más que todavía hoy me suene a excusas y auto-complacencia, aquello no era menos cierto. Es más, aquel criterio subjetivo es donde hoy reside (y siempre lo fue así) el verdadero poder ya que los manuales de sujeción tienen de cabecera el dominar las emociones, ya que éstas nublan la razón y una vez alcanzada la cerrazón ya no entran balas conceptuales, sólo balas de verdad. -Así es como “restablecieron” la democracia en Libia los franceses cuando la bombardearon en el 2011.
Amén de los latiguillos de las películas sobre el crimen organizado de los italoamericanos de los años 40, en la vida real nadie viene a decir de parte de quien viene el ataque. De hecho mientras más se confunda al enemigo más ventajas a nuestro favor tendremos. Y no es que yo sea un iluminado con esto, ya hace miles de años se enseñaban estas lecciones en los manuales de combate como “el arte de la guerra”, por poner un sólo ejemplo. También una manera de mantener dividido al adversario es despistándolo con personajes que se asemejan al delfín porque no se sabe bien si son medio inteligentes o medio pelotudos.

A veces los entramados del poder exhalan por sus válvulas de alivio algunos individuos con ínfimas cuotas de poder que sin querer nos hacen perder el tiempo a quienes aspiramos a esos espacios con verdaderos aires de cambios en aras del progreso. Estos sujetos son anclas hacia ninguna parte del tiempo porque son anacrónicos, son como aquellos bohemios de izquierda que añoran algo que nunca sucedió, porque si yo fuera el dueño de todos los medios de comunicación no me daría el lujo de perderme la otra mitad de la ideología por eso mismo, por ideología, si fuera el dueño de esos medios corporativos sería dueño de todos, pero me cuidaría de no tocar las fibras sensibles. Es decir, sería dueño de La Nación y también dueño de Página 12. O como bien expresó un filósofo contemporáneo en una breve intervención de entretenimiento: “si voy a tener algunos que me truchen mis productos, primero me voy a truchar yo mismo” (D.E. Capusotto)

Para retomar el hilo en este enmarañado relato, volveré hacia esto de los profesores mediocres que tuve y que hasta el día de hoy sigo cruzando en los pasillos de las usinas de educativas, que lamentablemente tienen más de instrucción que de enseñanza, porque la ciencia es pensar, y repetir es creer. Y mostrarte una sola opción con una justificación emocional que fue desechada desde hace más de 200 años es una canallada. –sí, estoy hablando de impartir al día de hoy las teorías neoclásicas a cara lavada con apellidos y obras que reciclan esos viejos preceptos con ediciones más cercanas al presente.

Cuando estos delfines del imperio son puestos en estos pequeños espacios de poder, vienen a panfletearnos pasquines de contenido impertinente a estudiantes que aún no poseen la suficiente madurez para discernir lo lógico del sofisma que enunciado con un fuerte contenido emocional dado a luz de la producción más goebbeliano, y más grave aún como “bibliografía obligatoria” en los programas. Este imperio sionista ha matado más de 30 millones de personas desde comienzos de la guerra fría hasta hoy directa e indirectamente, siempre con el pretexto de la democracia, y se han dado el lujo de hacer goebbelismo sin Goebbels...

martes, 12 de febrero de 2019

El Comercio internacional y la introducción a la mediocridad



El viejo vicio de la universidad privada, docentes hambreados enseñando cualquier cosa con el mismo librito de cabecera. “Los líderes del mañana”.

Si hace 242 años un aduanero que trabajaba para la corona británica se sentó a escribir un manual de ética comercial y una forma científica de explicar la actualidad con un sesgo bien marcado desde el punto de vista exitoso de, por caso, la potencia hegemónica de la época.

Ahora bien, este señor jamás habrá ni imaginado que usarían su obra como folleto de propaganda política ni mucho menos pensar que fuera esparcido como una metástasis y que perdura en el tercer mundo todavía defendido a capa y espada en los programas de televisión, que claramente son bancados por una logia que entiende muy bien el efecto que produce su aplicación. Pero claro, todo aquello que evoque la falacia de la “libertad” será suficiente para insertarlo entre los asuntos de conversación al pasar. Se habla de fútbol, de música y de economía con la misma de seriedad.

De entre los puntos que menciona aquel pasquín –de 1776- ya en su título comienza con una falsedad “la riqueza de las naciones”, ya que como en los artículos de Clarín y La Nación, el titular difiere del mismo contenido de la nota. –curioso, como mínimo

Desde el punto riguroso de la ciencia social, en este caso, filosófico, si habla de la riqueza de una nación, es porque se trata de la acumulación de capital de una Nación comprende territorio y un sistema de gobierno, donde esta nación política se define como sujeto político donde reside la soberanía constituyente de un Estado. Sin embargo, en la obra de Smith –de 1776- se habla de la acumulación de capital, no pensado desde la concepción de la totalidad de una nación, del Estado sino desde la perspectiva microeconómica de una unidad en particular. Sino no tendría sentido que alguien que hable de “la riqueza de una nación” también pretenda la reducción del Estado, la no intervención en la economía, y dejar que el Dios mercado regule con sus manos invisibles.

Por más que el párrafo reciente sea redundante, es tan literal como lo intenté dejar en evidencia, esas contradicciones son ufanadas y pregonadas a improperios, siendo la razón secuestrada por la cerrazón que se desploma como cortina metálica custodiando la fragilidad y volatilidad de los argumentos con los que algunos confundidos se defienden viviendo a la defensiva toda su vida. Otra redundancia.

Tuve un profesor que arrojaba cosas desde su escritorio cuando escuchaba una burrada de algún compañero, era abogado y dictaba una materia relacionada a ello. Siempre me pareció genial esa idea, y realmente nos revoleaba con tizas, y fue antes de este último cambio de época progresista donde todo es humillante, todo es traumatizante, y donde las corporaciones farmacéuticas hacen lobby para que unos diagnostiquen “trastorno bipolar” a cualquiera que repose en su diván y este salga corriendo al shopping de los medicamentos, digo, al Farmacity. Pretender que los cambios respondan a la nada misma, y no pensar que hay 200 empresas en el mundo que controlan la casi totalidad del globo operando para sus intereses…como mínimo, sería de cagón.

Prácticamente tener una idea fundamentada desde el empirismo, argumentos respaldados por la metodología científica, y una doctrina política es motivo suficiente para pecar de arrogante, de fanático, de fascista, y de populista también, ante la opinión deliberada de alguien falto de información –y colapsado de otra tanta al mismo tiempo- que no admite que alguien le responda permanentemente “respeto tu opinión, pero para mí…” porque cuando uno tiene certeza sobre lo que dice el otro apela a que “nadie tiene la verdad absoluta”. Sin embargo, jamás encontré esta misma postura frente a un arquitecto, a un ingeniero, a un médico, no los veo diciendo algo como “para mí que ese edificio puede tener más pisos, no es cierto que el viento a 20 metros de altura le ejerza esa presión” en una eventual conversación con un ingeniero civil, o un arquitecto.

La clave es la “ciencia social”, cuanto más se bastardee el concepto, más rédito tendrá la corporación ya que la unión hace la fuerza, y la idea es justamente la dispersión, la división, entonces es más fácil escuchar que en la tele llamen “científico” a alguien que está con un tubo de ensayos, y llamen “político” a alguien con un cargo en la función pública. Ambos casos son sofismas, ya que no existe la categoría ni el título de “científico” ni tampoco para el “político” ya que el grupo de WhatsApp de “las mamis” es una forma de política también, toda relación entre dos o más personas ya es política. No es casual esto, ya que cuando un fallo judicial es contrario a los intereses de la corporación se trata de la acción de “un juez”, y cuando el lobby triunfa por sobre los intereses del soberano, se trata de “la justicia” para la pluma oficial. Es un juego dialéctico demasiado peligroso como para que pase desapercibido en la matriz que hace al aprendizaje de un ser político, científico y dinámico como lo será o debiera de ser un Licenciado en Comercio Internacional.

-Esto fue sólo el comienzo, continuará en otro escape de catarsis mental-

lunes, 4 de febrero de 2019

La Guerra Contra el Mal


Se dice sobre el negacionismo que es un comportamiento humano trazado por la irracionalidad hacia la aceptación de una realidad empírica impidiendo al aparato cognitivo la validación de evidencias históricas. Si bien esta conducta puede emparentarse con alguna anomalía de la matriz de razonamiento, es curioso advertir algunas coincidencias. Veamos.

Los periodos pre y post guerras mundiales han dado a luz un sinfín de patologías ligadas estrechamente con el estrés, la angustia y la incertidumbre a los que como mecanismo de defensa el ser humano recurre a menudo.

Cualquier proceso de construcción del conocimiento recurre a las arcaicas premisas que parecieran mantenerse inmutables desde las lecciones de Platón y su planteo de la epistemología, la que requiere del sometimiento de las variables históricas, psicológicas y sociológicas para sustentar las bases del conocimiento. Sin embargo el negacionismo se presenta como una persiana metálica que se baja en presagio de alteración del orden, entendiendo esto último como principio vector de la zona de confort en la que seres humanos se arrullan en su día a día.

Ahora bien, si el diagrama de la epistemología toma las premisas como base sobre las que confluye verdades (empíricas) con creencias (aval social) de las que emerge el conocimiento, queda claro que las creencias son perceptivas de una realidad tangible como la cotidianeidad del ser humano. No obstante, para completar lo que acontece más allá de sus narices va a depender de la creencia sobre una realidad presentada por alguien más. Es en este punto donde podemos emplazar el ámbito de la Guerra Fría: la propaganda.

Si se nos presentan dos personas, una llega corriendo primero pidiendo auxilio señalando que un tercero lo quiere ultrajar ¿a quién le creemos inconscientemente? Claramente la respuesta es al primero, y es involuntario, irracional si entendemos que ambas personas son unas perfectas desconocidas ¿en qué nos basaríamos entonces para arribar a esa conclusión? Como mencioné en el párrafo precedente, nos basaríamos en nuestra experiencia personal y en una realidad contada por alguien más. Pero también debemos señalar que desde pequeños nos instruyen sobre el bien y el mal, contado por alguien más, donde cristianamente tendemos a entender que el ser humano es bueno y excepcionalmente malo. – Sería interesante en otra oportunidad analizar la genealogía del término interés y descubrir por qué se los entiende como “malo” a prima facie.

Siguiendo la línea reciente de razonamiento, para creer en la bondad/benevolencia/probidad de una persona o colectividad debiéramos de recurrir a un suceso reciente empírico y completar el resto con la creencia, en este caso, narrado por la historia oficial, a quienes empoderaríamos con un aura de impunidad justificando su accionar debido a su pasado reciente e histórico. Ahora bien, si uno o varios miembros de esta colectividad cometieran actos que deriven en un efecto negativo, tenderíamos a barajar la posibilidad de que: no fueron estos; que fueron otros; se equivocaron; fue sin querer; no fue tan así; etcétera, porque de alguna manera nuestra mente los canoniza.

Pensar siquiera en la posibilidad de que el daño fuera fraguado por estos mismos miembros de una cofradía/colectividad/logia presentados por la historia oficial como víctimas siguiendo un plan de acciones, podría ser juzgado por una sociedad creyente y poco rigurosa como una idea conspiracionista basada en alguna novela. Para nada podríamos llegar a pensar que un grupo de personas se organizan, arriban al poder sollozando un pasado, copan los pasillos de las usinas de información y toman la pluma que escribe la historia oficial para obtener un beneficio económico donde curiosamente suma cero de lo que depende que muchos pierdan para que ganen unos pocos. Jamás podríamos pensar que las corporaciones se componen de las mismas personas que fueron en la antigüedad perseguidos por sus ideas.
Pobrecillos.
El posible real rostro de Jesús de Nazaret

Continuará…

viernes, 11 de enero de 2019

Millennials

¿Millennials? Oféndanse.

Alumnos: no se confundan, no los etiquetan así, los quieren así. Sean más que eso, o no serán nada frente a lo que viene.

Me discutieron un programa porque les resultaba ambicioso, excedido de contenido para un estudiantado “millennial que lo quiere todo fácil y rápido” [Sic], y los obsecuentes que me acompañaron y que debieron de sostener esa embestida corporativa asintieron y entregaron los trapos. –Sí, ya sé que no es muy de mi estilo expresarlo así, pero mi estilo es que se entienda-

El desafío es que el alumno incorpore dos o tres elementos para sobrevivir: conocimientos; viveza; y lógica.

Reducir los contenidos justificándolo por no espantar al alumno no es viveza, es mediocridad. Ya egresados serán reemplazables por un puñado de aplicaciones de celular por lo que marcarles una diferencia y que ello implique que per se desarrollen una impronta propia, será determinante en su inserción en este mundo violento de buenos modales y eufemismos de casita de té.

Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla cita una frase de antaño y atemporal. El contenido sensible que vinieron a truncar era justamente el nervio de la guerra, que como su explicación lógica requiere de una contextualización histórica, se agarraron de “la historia” para dejarla sin efecto. Nada inoportuno si traemos a colación de que el mandamás que llegó y cortó la cinta con el pecho en aquella ceremonia se expresó citando más o menos que las ciencias sociales son puro humo y que no sirven para nada. ¿Les suena?

Hechos actuales, eventualidades que resultan ridículamente semejantes a eventos recientes de nuestra historia global parecieran presentarse a cara lavada, con una corbata nueva y una lengua bífida dulcificando nuestro oír, haciendo ademanes y presentando imágenes que no nos permitan escuchar, ya que la clave reside en la disuasión del pensamiento crítico, el que exige pruebas presentando las propias, dejando por un momento los preceptos éticos y morales en el perchero para batirnos en un duelo de información útil que contribuya a la creación de conocimiento.

El retorno que debiéramos de pretender como docentes no es el de la empatía personal, sino el de constatar que el alumno logra insertarse en el siniestramente mal llamado “mercado laboral”.

El trabajo no es un favor, es un servicio que se presta a cambio de una retribución que se negocia política de por medio, ex-ante (previo a la producción) lo que lo vuelve la variable independiente, no un costo medio. Una oración bastante cargada de contenidos que requieren de un ciclo de ponencias interactivas, en un plazo razonable, con una estructura diagramada en función de la velocidad con la que incorporamos la información. Es un proceso como cualquier otro, si en el medio creemos saltarnos el alambrado pecaremos de ingenuos si compramos el cabeceo de entendimiento que por momentos el alumno realiza.

En el final oral salta todo a la vista, la información se puede decodificar en la mirada, en la gesticulación, en la estructuración gramatical que el estudiante emplea. De poco sirve citar de memoria, tal vez les haga salir de alguna que otra encrucijada, pero será la excepción a la regla.

El propio Einstein reconocía que las ciencias sociales son mucho más complejas que las exactas, porque la exacta queda en el libro, lo que lo motivaba a no memorizar fórmulas como el cine nos quiere vender la “inteligencia”, porque el mismo Einstein solía decir que las fórmulas yacían en los libros, y que debía de liberar los recursos –limitados como todos- de su mente para aquello que no se puede dominar, aquello dinámico que tiene su cuota de imprevisibilidad.

No permitan que los domestiquen, que les den forma como ladrillos, para automatizarse ya están las máquinas desde hace más de cien años. Sean ambiciosos, no sean millennials porque esos están pensados como productos finales desde hace más de 60 años, sólo son piezas intercambiables de este mundo de ensamble donde el capital se mueve libremente y el trabajo se queda dentro de los límites. Atrévanse a cuestionar la teoría del comercio internacional, los “contenidos mínimos” suenan al “salario mínimo de subsistencia”. Saquen sus propias teorías.

jueves, 8 de noviembre de 2018

El efecto cucaracha


Los conceptos éticos y morales tales como se perciben de entre los mensajes enunciados por los transeúntes, parecen por momentos sobre-actuados apenas perceptibles por quienes se encuentran mejor preparados para defenderse de un halago que de un ataque.

Las causas que azoran nuestro pensar por momentos nos tuercen el brazo cognitivo al punto de ponernos a nosotros mismos frente a dilemas irresolubles que nuestro adversario nos presenta revestidos de sofismas. No se puede ir contra todo.

La impericia y la imposibilidad de sostener discusiones al borde del divorcio del empirismo nos debiera de situar sobre un estrado como jurados, mas nunca como indagado, cosa esta última la de la que se vanagloria el poder como su carta más valiosa. Digamos que correr los argumentos de la contraparte con el instructivo de la moral es una práctica que lleva poco más de dos mil años.

Razonar con cabeza católica.
El orden mundial es binario y se manifiesta así en cada una de las temáticas que trazan la senda de nuestro día a día: el bien y el mal; lo ético y lo que no lo es; lo legal, lo ilegal; y lo que no es ilegal. Este juego de expresiones separadas por punto y coma se tornan un juego siniestro de dialéctica que no admite bajo ningún aspecto posible el más mínimo cuestionamiento. Ante la más escueta mueca de duda a los preceptos éticos, uno es colocado automáticamente explícita o tácitamente como algo más poco menos que malvado. Los preceptos morales tienen prerrogativa discursiva: no admiten duda.

Lo legal es entendido por las sociedades occidentales como las reglas impuestas como ordenador de conducta y código de convivencia entre los seres humanos. Sin embargo la etimología de ley proviene del latín lex que se refería a la fórmula y regla de mezclar metales, en asignación práctica sobre la base de producción de las monedas romanas compuestas por metales y oro. Sería ingenioso establecer un paralelismo entre la concepción de la legalidad como aquella regla inalterable –como si fuera divina- para la elaboración del objeto de valor por excelencia y por la que la humanidad pugna hasta claudicar.

Siglos ya posteriores al mercantilismo, la práctica de dominación se instrumenta sobre la moneda, el deseo de poseerla y la contraprestación futura y perpetua que engendra el endeudarla. El sometimiento habrá mutado quizá de la violencia hacia lo cultural cimentada por el compromiso asumido a restituir a futuro por lo que se expide hoy, siendo que al mismo tiempo lo que entendemos por dinero hoy, es en verdad producto de un pasado reciente lo que coloca al ser humano como un eslabón que pelea por desplazarse de un lado hacia otro del cuenta ganado.

Los personajes que importunan el sano desarrollo de una sociedad se valen del formalismo para socavar la semántica y el trasfondo que debiera primar por sobre todas las cuestiones. Piensan con un falso corazón, también entendido como subconsciencia en lugar de pensar con su bolsillo, por llamar de alguna manera al pragmatismo que tanta falta hace. Sin embargo, este actor de reparto porta un virus de aquí para allá y es sujeto de interés para los protagonistas porque que lo utilizan como mensajero, a expensas de unas cuentas caricias terminando por cumplimentar aquel excipiente del teorema –de mi ingenio- llamado “efecto cucaracha” que a grosero síntesis se entiende como un individuo infectado o inoculado que cuando vuelve a su madriguera infecta a los pares y a todos en derredor.

Hay un mensaje, un portador, y un receptor. Quien lo crea, piensa. Quien lo porta, cree. Y quién lo recibe tiene esos dos caminos a seguir: o lo analiza reivindicándolo o lo refuta como proceso científico; o por comodidad, pertenencia, lo retransmite sin evaluarlo haciendo uso de la creencia.

Cuando esta cucaracha levanta la bandera con los “valores” como insignia de falange se encierra en una tautología muy simple: acusa al prójimo por sus acciones individuales y lo corre por derecha con la ética y la moral; y cuando la cucaracha es corrida por izquierda por su comportamiento individual se defiende y recusa al sistema que lo contiene.

Cuando la sociedad insta a la cucaracha a que se restituya como miembro de la comunidad, ésta se aísla por mandato católico individualista y juzga al rebaño por presunta propensión a la corrupción. Cualquier semejanza con la propaganda sionista del héroe frente a la organización no es mera coincidencia: el mensaje es pensado con un interés, el portador lo propaga por creencia y el receptor es encerrado en un tabú al que no puede recusar porque tiene prerrogativa discursiva: no admite dudas.